Hombres

Cristián Rupaillán

Es astrólogo, experto en oráculos y su camino para llegar a esta sabidurí­a fue extraordinario: a los 13 años hizo su primera carta astral. El 3 de enero pasado anunció públicamente el surgimiento del movimiento estudiantil y el I Ching ya le entregó dos anuncios para 2012: para Chile será el año de la corrupción y del estancamiento económico, y para el planeta hay un llamado a la revolución, pero el I Ching también le dijo que el horno no está para bollos.

  • Revista Mujer

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“¡Rupaillán! Después de la clase necesito hablar con usted”, le decían algunos profesores al alumno Cristián Rupaillán (39). Él sabía que no se trataba de una reconvención. Imposible. Era un buen alumno. De los mejores. En su colegio estaban enterados de que leía el tarot y en vez de reprimirlo, lo consultaban. “¿Andas trayendo las cartas? ¿Te puedo preguntar algo”, le inquirían sus maestros. Tenía 15 años. “Sabía cosas complicadas de los profes, pero en ese tiempo ya tenía muy marcado el tema de la discreción”.

Pero el asunto partió mucho antes que esas lecturas adolescentes del tarot. Su madre le ha contado que a los 4 años salía al patio a observar las estrellas. Por horas. Y que al poco tiempo preguntaba por los planetas. Ella le regalaba libros de astronomía, él los analizaba, pero por su cuenta estudiaba astrología y mitología griega. Tenía 7 u 8 años. “En un minuto pensé: ‘Voy a estar mirando el cielo, en algún telescopio gigante, solo’, y dije: ‘¡Qué aburrido!’. Dudé, pero a los 11 tomé la decisión. Dije: ‘Cuando sea grande voy a ser astrólogo, voy a tener un programa en la radio, voy a escribir un libro, y voy a atender gente'”, cuenta y reflexiona: “Cuando miro para atrás digo: ‘La volá de cabro chico'”. 
Hay dos fechas que Cristián no olvida: el 1 de  marzo de 1985 cumplió 13 años y le regalaron su primer libro de astrología para adultos. Lo terminó de leer en dos días y el domingo 3 de marzo, ayudado de un compás y de las tablas planetarias, hizo la primera carta astral de su vida. La suya. Luego salió a jugar y al poco rato ocurrió el terremoto que arruinó la capital y otras ciudades de Chile. 

Cristián crecía, pasaba de curso con buenas notas y sumaba conocimientos: practicó numerología, se asomó al I Ching, estudió filosofía china, simbología, meditación y, entre medio, aprendió a lidiar con los prejuicios. Prejuicios por su gordura, por su origen mapuche, por su juvenil dominio de los oráculos. A los 22, y después de estudiar dos años de pedagogía en castellano, se matriculó en la Academia de Estudios Holísticos Syncronía y conoció a quien se convertiría en una de las personas más determinantes de su vida: la reconocida astróloga María Luisa Valdovinos, quien murió en julio pasado. “Seguimos siendo muy amigos donde sea que esté”. 

Su consulta es pequeña. Entra poca luz por el ventanal, pero él se las arregla para iluminar la sala con un espejo instalado en el patio adyacente. El espejo refleja la luz del sol en el techo y el lugar se alumbra. Es conocimiento antiguo. De los mismos griegos de los que aprendió mitología. Hasta ahí llega, dice, toda la tipología humana. “Lo que más valoro en estos últimos años es el encuentro con otros seres humanos. Trabajamos con oráculos, pero hay una conexión del alma. Eso es lo más satisfactorio: la confianza que se genera en muchas dimensiones”.

La confianza que también le tienen quienes le piden que, cada tanto, haga públicas sus predicciones. Lo hace en la revista Somos, en algún programa radial y, muy de vez en cuando, en una reunión de viejos amigos. El 3 de enero pasado el I Ching le mostró un movimiento de jóvenes jamás visto en la historia de Chile, aunque también le advirtió que no habría acuerdos. Hace dos años el mismo oráculo le indicó que 2012 sería el año de la corrupción y del estancamiento económico. “Es corrupción antigua y nueva”, asegura y aclara que Chile sorteará la crisis económica “con elegancia”. ¿Y para el mundo? “El I Ching ya avisó que es el llamado a la revolución, pero es un llamado sin mucho efecto en el largo plazo. Es más bien un acto simbólico… El horno no está para bollos”.