Hombres

Javier Zulueta

Hace poco más de un mes fue nombrado director ejecutivo de Un Techo para Chile y de Un Techo para mi Paí­s, organismo presente en 19 paí­ses de América Latina y el Caribe. ¿Desafí­os? Encarar la nueva extrema pobreza antes de que la segregación social se asiente definitivamente en nuestro paí­s.

  • Revista Mujer

Compartir vía email

Esa noche Javier Zulueta (36) se acostó agitado. “¿Lo hago o no lo hago?”, se preguntaba y su corazón se aceleraba. Recién había hablado con su señora, ella lo había apoyado en su decisión, pero él seguía interrogándose hasta que escribió un email que cambiaría su rumbo laboral. El correo fechado en 2011 iba dirigido al sacerdote Cristián del Campo, capellán de la Fundación Un Techo para Chile y era una respuesta lúdica a una propuesta inesperada que le había hecho el capellán. En parte,  el correo decía: “… se me ocurren estas personas para ser director ejecutivo de Un Techo; también conozco a un flaco barbón al que le podría gustar (el trabajo). Se llama Javier Zulueta. ¿Lo conoces?”.

El flaco barbón no había buscado esta opción, tenía un buen puesto como gerente general de Gestión Social, consultora que había creado junto a Juan Pedro Pinochet y Eugenio Tironi, pero en cuanto supo que era uno de los candidatos, su cabeza se alborotó. Y se llenó de ganas y tal vez esa misma noche de agitación recordó todo lo que había pasado desde que por primera vez vio chilenos que sobrevivían en la extrema pobreza. Estudiaba ingeniería comercial en la Universidad Católica y desde ese momento cambió el enfoque de su vida. Él recuerda:

“Era una suma de pobrezas que había en todas partes y que yo no había visto. Me impactó y me indignó, y esa rabia me movió a hacer cambios”, cuenta. Estaba tan convencido de su ideario, que al tercer año de ingeniería se cambió de carrera: “Quería apoyar los temas sociales desde la arquitectura”. Pero la técnica arquitectónica lo superó, regresó a sus estudios de origen y junto a un grupo de compañeros creó la corporación Nuestra Casa, para trabajar con ciudadanos que malvivían en la calle.

Titulado, se enfrentó a un dilema: él y sus hermanos se habían formado para asumir en las empresas creadas por sus padres. Lo intentó por seis meses, pero no pudo continuar. “Todo estaba dentro de la lógica de esa protección de un papá que le dice a su hijo: ‘Logré esto, tómalo, vas a estar seguro’. Pero en mi generación la seguridad ya no era un deseo. Al revés. La seguridad me incomoda; me gusta emprender, innovar, arriesgar”. Y se arriesgó. Sin conocerlo, un día del año 2000 telefoneó a Benito Baranda, en ese entonces director social del Hogar de Cristo (HC). “Mientras le decía que quería trabajar ahí, pensaba: ‘A este gallo lo deben llamar 100 personas al día'”. A las dos semanas, Javier estaba a cargo del desarrollo de proyectos y de la obtención de recursos para la Fundación Educacional Padre Álvaro Lavín, dependiente del HC. Dos años y medio después lo convocaron de Un Techo para Chile para liderar el programa de capacitación Infocap en Campamentos: “Me atraía mucho que fuera una fundación creada y liderada por jóvenes, donde te saltabas todos los ‘no se puede'”. Cumplió su ciclo laboral en Un Techo para Chile (para los profesionales jóvenes existe un tope de dos años) y cofundó la consultora Gestión Social, enfocada en la responsabilidad social empresarial: “Nuestra filosofía era: no a la filantropía que regala y aplasta; sí a la solidaridad recíproca”. Ahí estaba cuando hace poco más de un mes lo llamaron para confirmarle su reciente responsabilidad.

Has hablado de la nueva extrema pobreza. ¿Qué significa este concepto? Es la pobreza que no se ve;  la de las villas y de los blocks (de departamentos). Quizá las tenemos estigmatizadas como espacios peligrosos, pero son lugares donde hay tremendas oportunidades de superación y de integración. Lo que puede hacer el Techo es que esta segregación geográfica que existe en Chile no sea tal, y, al menos, trabajar para que no haya una segregación humana.

“Me atraía mucho que fuera una fundación creada y liderada por jóvenes, donde te saltabas todos los ‘no se puede'”.