Hombres

Rodrigo Azorí­n (el Viejo Pascuero)

Ejerce como digitador computacional, pero entre el 1 y el 24 de diciembre trabaja jornada completa como Viejo Pascuero. Pero es un Pascuero algo rebelde: no usa cinturón (le molesta), ni anteojos (se le caen) ni bototos (no puede correr en caso de emergencia). Aquí­ nos cuenta algunas historias de su personaje y relata algunas mañas de los padres.

  • Revista Mujer

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“Hasta los 3 años lloran”, cuenta Rodrigo Azorín (59). Lo dice sin titubear, como si el dato estuviera escrito en un manual de comportamiento infantil navideño. Trabaja como Viejo Pascuero en un centro comercial de Cencosud, ha escuchado a unos 84 mil niños (500 diarios durante 24 días, por siete años), se ha retratado con cerca de 4 mil, y sabe que los pequeños de menos de tres años, irremediablemente, lloran. “Yo le digo al papá que no lo acerque a mí, porque se va a poner a llorar, pero el papá dice: ‘No, mi hijo no llora’. Así que les pido que se sienten a mi lado y tengan a su hijo en brazos para que se calme”.

Hasta noviembre del año 2004, Rodrigo Azorín había estrechado a uno que otro niño. Muy pocos. A sus hijos y sobrinos y una que otra criatura. Pero de repente tuvo que acostumbrarse a una avalancha de preguntas, peticiones (algunas imposibles) y abrazos menudos. “Viví 27 años en Argentina y cuando regresé a Chile el año 2002 no encontré trabajo. Siempre había usado barba y como la tenía blanca mis sobrinos me decían: ‘Por qué no te presentas de Viejo Pascuero’. Dudó y dudó hasta que, aún cesante, se convenció, se ofreció y lo contrataron inmediatamente. “Al principio me costaba mucho porque me pedían cosas difíciles, como que los papás separados se juntaran o que el papá cenara con ellos en la noche de Navidad. Se me hacía un nudo en la garganta cuando los escuchaba. Yo les decía: ‘Bueno, bueno, voy a tratar, pero tranquilízate”, porque había algunos que lloraban. Yo quedaba muy mal”.

Su jornada parte a las 10 de la mañana y termina casi doce horas después, con algunos intervalos de descanso. En ese lapso le pasa de todo. Hay niñitos que se le tiran encima, algunos lo besan, otros se asustan. Pero, curiosamente, ninguno le tira la barba por iniciativa personal. “Son las mamás las que les dicen: ‘Fíjate que la barba es de verdad. ¡Tócasela! Y solo ahí la tocan'”. La barba que lleva en estos días es de casi un año. “Lo único que hago es lavarla, igual que el pelo nomás”.
 
Así como sabe que los de menos de 3 años patalean, también identifica a creyentes y descreídos: “Después de los 5 años hay muchos que ya no creen; me saludan igual, pero uno se da cuenta de que dejaron de creer. Aunque también me he encontrado con unos de 10 y 11 años que siguen pensando que el Viejo Pascuero existe”. Para los fieles tiene un repertorio. Si le preguntan dónde vive, responde que en el Polo Norte; si le consultan dónde está su trineo, apunta hacia el piso superior del mall, y cuando parte a descansar los convence de que tiene que alimentar a los renos. 
Cuando era niño, ¿lo llevaban a ver al Viejo Pascuero? En esa época había muy pocos. En el centro de Santiago se veía uno que otro, pero todos tenían olor a vino.

¿Usted creía en el Viejo Pascuero? Sí, y le escribía cartas, pero no me acuerdo cómo dejé de creer. He tratado de acordarme pero no lo logro.

¿Qué le pedía? Pistolas; también recuerdo que tenía un tanque chiquitito a pilas; pero, sobre todo, pedía mecanos. Me gustaban mucho.

¿Le llegaban los mecanos? Sí, siempre.