Moda

Manolo Blahnik y los elfos

Los cuentos de hadas no son solo para niños. También lo son para las fashionistas. El libro Manolo Blahnik y La Historia de los Elfos y el Zapatero, la fantástica historia del ascenso del gran mago del calzado, ilustrado por él mismo, es una fiesta para la vista. 

  • Revista Mujer

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La pasión de Carrie Bradshaw por sus modelos en la serie Sex & the City lo propulsó a la celebridad internacional, a tal punto que solo su nombre de pila es suficiente para evocar zapatos de suprema calidad y elegancia. Ahora, Manolo Blahnik se asoció con su amiga la periodista de moda Camilla Morton en un proyecto totalmente diferente a todo lo que hizo hasta ahora: un cuento para niños, ilustrado por él, basado en su propia vida. Mitad fantasía, mitad biografía, The Tale of the Elves and the Shoemaker (La Historia de los Elfos y el Zapatero) (Ed. HarperCollins) relata la vida de un niño llamado Manolo, nacido en las Islas Canarias, que se convierte en un famoso diseñador que calzaría a mujeres del mundo entero en sus muy sexis zapatos de taco aguja.

A pesar de que Blahnik calcula haber realizado alrededor de un millón de dibujos a lo largo de su carrera de cuarenta años, cuando la periodista -que ya había realizado una historia de La Bella Durmiente, con Christian Lacroix- le propuso el proyecto, se mostró dubitativo. “Pero yo no soy un ilustrador”, le dijo, lo que no solo pinta su refrescante humildad en un medio de egos inflados sino el respeto que siente por la profesión. De todas maneras, en este caso, su humildad lo cegó, pues lo es, y de los buenos.

Sus dibujos están imbuidos con el mismo espíritu juguetón que  pone en sus originales modelos. Y más aun, tienen ‘magia’, no solo en la manera que los misteriosos elfos cosen por la noche  unas delicadas chinelas con diamantes sino en como representa su isla natal, su madre, su primera entrevista con la mujer que lo incitaría a diseñar zapatos (Diana Vreeland), su primer desfile. “Uno tiende a pensar que los zapatos de Manolo son mágicos, pero es el hombre que los hace mágicos”, dijo Camilla Morton a Vogue.

El cuento incluye básicamente muchos aspectos de la vida del creador, hijo de una española y un checo, nacido en 1942, en Santa Cruz de la Palma, Islas Canarias, donde creció en una plantación de bananas. “La más lejana  de las Islas Canarias, apenas un punto en el mapa”, como dice Manolo, el héroe de la historia, con la plantación como interminable terreno de juegos para él y su hermana. Durante la guerra, la familia permaneció prácticamente aislada del continente y sufrió penuria de ropa, materiales y zapatos. Pero su madre, como la del cuento, era una mujer extremadamente hábil que cosía la ropa de toda la familia y hasta aprendió a hacer zapatos junto al zapatero local para ella y su familia.

Sin duda, esta fue la semilla que germinaría años después en Manolo, pero primero su padre intentó que este estudiara diplomacia, y lo envió a Ginebra. A seguir sus estudios. Sin éxito. Tampoco resultaron arquitectura y literatura. Finalmente,  resignado a que su hijo era un artista, le autorizó a seguir sus estudios en la Escuela de Bellas Artes en París. Eran los finales de los 60 y entonces el joven Manolo conoció a Yves Saint Laurent, Karl Lagerfeld, Loulou de la Falaise. Dos años después regresó a Londres decidido a dedicarse a la escenografía. Un día, en 1971, Paloma Picasso lo convenció de ir a Nueva York a ver a Diana Vreeland, papisa del Vogue americano, quien tras echar un vistazo a sus diseños lo felicitó y pontificó “haz zapatos”.

Y Manolo hizo zapatos. Casi simultáneamente Ossie Clark, diseñador estrella del Londres hippie de entonces, le pidió que diseñara una colección para su desfile “para la semana próxima”, y Blahnik aceptó el desafío. Pequeño detalle: los tacos, no suficientemente reforzados, no resistieron el peso de las modelos y se desmoronaron en la pasarela. Mortificado, Manolo se dedicó a aprender todos los secretos y técnicas de su construcción. Hoy en día todavía se jacta de hacer los prototipos de la A a la Z.

En pleno auge de las plataformas, que detesta  visceralmente, lanzó una línea de zapatos clásicos de taco aguja que se convirtieron en su imagen de marca. Rápidamente su tienda en Old Church Street se convirtió en el ‘must’ de las bellas de la época: Jerry Hall, Marisa Berenson, Charlotte Rampling, Anjelica Huston, Jacqueline Onassis, Bianca Jagger. En los años 80 obtendría el sello de aprobación de las supermodelos: un día Linda Evangelista, Naomi Campbell y Christy Turlington  fueron a su tienda, donde compraron  cada una un par de zapatos de taco alto y uno de chatitas, para correr entre  un desfile y otro.

Desde entonces, Manolo Blahnik siguió recogiendo triunfos y, gracias a la difusión planetaria de Sex & the City y el amor pasional de Carrie por sus ‘manolos’, su nombre se convertiría en sinónimo de su producto como Gillette, Kleenex o Post-it. Una popularidad con la que nunca se sintió cómodo, como le confesaba al diario inglés The Independent en 2008: “En América me dio un carácter de ícono, tipo Madonna, que realmente no soy. Nunca quise ser ni el más famoso, ni el más extravagante, ni el más bello. Toda esta historia me distanció aun más de la máquina de la celebridad, no soy una estrella ni un jugador de fútbol, solo hago lo mío”. Justamente, mencionando a Madonna, la estrella también es una de sus fans. “Los zapatos de Manolo Blahnik son tan buenos como el sexo, y duran más”, dijo.

La celebridad, ni la suya ni la de otros, le impresiona. “No me gustan las celebridades. Todas estas chicas sin sentido, que son  ‘famosas’. A mí me gustan las mujeres con estilo, como Uma Thurman o Audrey Hepburn…”, confiaba a la revista Glamour. Tampoco le interesa el dinero. Si le hubiera interesado, habría aceptado las propuestas de grandes grupos del lujo dispuestos a comprar la marca.

“No me gustan las grandes compañías, donde se hacen estas reuniones eternas por un pequeño detalle. Me resultaría absolutamente imposible trabajar con la ‘gente del dinero’.  Estoy muy viejo para eso. La nuestra es una compañía familiar -mi hermana, mi sobrina, yo y algunas otros-, nos va muy bien, pero no somos ‘grandes’. Y mejor así. A mí me gusta diseñar cada modelo y no quisiera que fuera de otra manera. A veces tengo éxito, a veces no, pero es mi producto, mi idea y la sigo hasta el final”, decía a Harper’s Bazaar.

Las tendencias no lo influyen, más aun, le “importan un bledo”. Para él, cada temporada es una evolución, no un cambio total de estilo. Tampoco le interesa lo que hacen sus competidores. Se confiesa una persona insegura, “pero no me la paso mirando atrás de mi hombro. Prefiero no saber”. En todo caso, hasta ahora, su  aislamiento le ha sido beneficioso. “Manolo Blahnik -dice el fotógrafo Mario Testino- se las ingenia para estar siempre a la moda, no por ser clásico sino por ser perfecto”.

Quizás por eso sus zapatos son los preferidos de las mujeres independientes, seguras de sí mismas, que no necesitan una suela roja para atestiguar su buen gusto o el alcance de su bolsillo, dispuestas a pagar el precio fuerte de un Manolo que no gritará a cada paso su procedencia, sino que susurrará elegancia, sex appeal. Él, por su parte, cuya enraizada educación tradicional le dio un respeto por el valor del dinero, lamenta no poder ofrecer sus zapatos a un público más extenso, pero puesto que están hechos con hermosos materiales y terminados a mano, le es ‘imposible’. “Lo que puedo garantizar es que una mujer que compra un par de zapatos hoy lo tendrá durante muchos, muchos años”.