Hombres

Ramón Navarro

Hoy ocupa el cuarto lugar en el mundo en el circuito mundial de olas grandes y ha sido dos veces finalista en los premios XXL, un equivalente al Oscar en el mundo del surf. Antes de partir a Hawaii por tres meses (corre olas allá hace once años) nos contó cómo eran sus veranos en Pichilemu, su pueblo de origen. Un tiempo en que el balneario estaba poblado por un puñado de residentes y se podí­a correr por los potreros de Infiernillo.

  • Revista Mujer

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Primer recuerdo: tiene 9 años, es verano y su padre lo lleva a las playas de Tanumé y La Polcura, cerca de Pichilemu. Alejandro, su papá, es buzo y lo invita a mariscar y a recoger algas. Él va feliz y lo ayuda como puede colaborar un niño: medio jugando, un poco nadando, otro poco buceando en las pocitas de la laguna. Segundo recuerdo: otra vez es verano, tiene 10 años. No hay mucha gente vacacionando en Pichilemu, casi nadie llega hasta Punta de Lobos y menos a Infiernillo, el lugar donde ha vivido desde que nació. Eso hasta que aparece un grupo de muchachos rubios de pelo largo. Es primera vez que Ramón ve hombres de melena tan larga. Es 1989. Los tipos arriendan la casa ubicada al frente de la suya, él los observa. Ve que andan con unas tablas de un material que no conoce, van hasta el mar y se deslizan encima de las tablas. Uno de ellos, el de pelo extralargo,  se llama Matías López. Ramón mira cómo corren la ola de Infiernillo y aprende que lo que practican los afuerinos se llama surf. “Me sentaba en las piedras a mirarlos. Era alucinante”, comenta pocos días antes de viajar a Juan Fernández, donde hará clínicas de surf a los habitantes de la isla.    

Hay más imágenes de esos veranos solitarios y pueblerinos que hace tiempo dejaron de existir en Pichilemu. Postales de un balneario que a mediados de los años 90 se transformaría en el epicentro del surfismo local. Ramón Navarro (32) recuerda: se ve con su grupo de amigos preadolescentes comiendo ciruelas verdes, cazando pajaritos con una honda, subiendo por el bosque del cerro La Cruz, corriendo por los potreros que ya no están, jugando en las canchas de fútbol que fueron tragadas por el auge inmobiliario. Y se retrotrae a sus 11 o 12 años, cuando a los chascones  se sumó su primo, el pichilemino Nicolás Rojas, quien se convertiría en otro de los pioneros del deporte. Eran demasiadas señales y Ramón quiso probar.

“Además, el hermano de Fabián, uno de mis mejores amigos, también estaba comenzando a surfear. Le sacábamos el traje a uno, la tabla al otro y así empezamos… Era un juego de niños, nos metíamos con una tabla de body o con lo que hubiera y estábamos todo el día en la playa. Cuando nos daba calor nos metíamos de nuevo al agua y buscábamos otra olita. Se empezó a armar un grupo del barrio, de 4 o 5… Nadie pensaba en surfear profesionalmente”, cuenta, aunque a los 17 años creía algo distinto. A esa edad se convenció de que quería pasar en el mar horas y horas. Tal como lo hace hoy. Todas las mañanas se levanta, mira la ola desde su casa en Punta de Lobos y en ese instante sabe si bajará o no a la playa. Puede pasar seis o siete horas en el oleaje puntalobino, pero eso solo ocurre entre marzo y noviembre. “Mis veranos ya no son los mismos”, dice y cuenta que desde 1999 sus veranos son inviernos, porque a fines de noviembre de cada año parte a Hawaii, cuna del surf ubicada en el hemisferio norte del planeta: “A veces llueve durante tres días”.

En esta nueva temporada correrá olas hawaianas y competirá en Oregón, California y México hasta fines de febrero. “La meta es ser campeón mundial. Estoy en el cuarto lugar y entre el 1 y el 4 no hay nada”, reflexiona. Cuando regrese a su casa quedarán pocos veraneantes, y Pichilemu, Punta de Lobos e Infiernillo recuperarán algo de esa tranquilidad que conoció cuando niño, ese tiempo en que mariscaba con su papá, buceaba en las pozas de Tanumé, robaba frutas con sus amigos, veía el mar sin que ninguna casa le tapara la vista y observaba a un grupo de rubios encumbrados en unas tablas de surf.