Hombres

Mario Moure

Es presidente de la Cámara Franco Chilena para el Comercio y la Industria y en 1983 fundó Moure Perfumerí­as, convertida hoy en una de las distribuidoras de productos de lujo más importantes de Chile. Pero su historia con los aromas comenzó mucho antes, en una casa-quinta cerca de San Bernardo, cuando su abuela Fresia lo bañaba en agua de colonia y él abrí­a a hurtadillas los frascos de su hermano mayor.

  • Revista Mujer

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El niño se llama Mario, igual que su tío sacerdote, es el quinto de los ocho hijos Moure Rojas y duerme en la misma habitación de Fresia, su abuela materna. Son los privilegios de ser el nieto regalón. Entre el mobiliario de aquel cuarto hay una cómoda de madera con una cubierta de mármol, y en uno de sus cuatro cajones Fresia Ramírez Salinas guarda dulces y monedas. A él le gusta cuando ella abre ese cajón, pero hay algo más que le agrada de ese mueble: sobre la cubierta de la cómoda están los perfumes que su abuelita usa cada mañana y que ya son parte de su mundo olfativo. El niño sabe que uno de ellos se llama Chanel 5 y que es el mismo que su mamá se pone detrás de las orejas. Este ambiente aromático es completamente natural para él, por eso no reclama cuando Fresia le pone agua de colonia después  de peinarlo. Y tampoco le llama la atención que su tío cura deje una estela de fragancias cada vez que entra a esa quinta ubicada en el paradero 27 de la Gran Avenida.

“Era una casa de perfumes”, describe Mario Moure (64), y muestra el retrato sepia de su abuela. “Era una mujer hermosa, alta, culta, distinguida, elegante. Se bañaba todos los días, en una época en que era poco común hacerlo. Cuando estaba enferma o resfriada se friccionaba con una toallita a la que le ponía 4711, una de las aguas de colonia que había en ese tiempo. Y la otra cosa que recuerdo es el olor a anís de su boca: siempre chupaba pastillitas que compraba en la dulcería Serrano”.

Y como ya estaba habituado a las atmósferas fragantes, en cuanto pudo buscó el modo de proveerse de sus aromas. Partió robándole gotitas a Antonio, su hermano ocho años mayor. “Él salía apurado a la universidad y yo aprovechaba que dejaba la botellita abierta o que no había cerrado bien su ropero”. Cuando su hermano lo descubrió, su abuela le dio dinero para que comprara los suyos, pero a los 16 años ya pudo adquirirlos con la plata que ganaba durante los veranos. Entre sus pares adolescentes era el único que se perfumaba. “Con mis amigos nos intercambiábamos los suéteres y las chaquetas para salir. Una vez uno de ellos me dijo: ‘no te voy a pedir más ropa, porque cuando saco a bailar a las amigas ellas me dicen: tienes olor a Mario Moure'”.

Primero usó Flaño (“lo único que había en ese tiempo”), luego 4711, probó Old Spice y después se sofisticó. ¿A qué huele hoy? “En este momento tengo Terre, de Hermès, que me encanta. También uso Bvlgari Pour Homme, y en el verano, Sport de Chanel. No salgo de ahí. Huelo perfumes nuevos, pero me cuesta cambiarme. Soy bastante conservador, por lo menos en eso”. 

¿Nunca deja de ponerse perfume? Nunca. Si no uso me siento desnudo.

¿Usa  más perfumes que su señora? Pero mucho más… Mucho más -repite, y ríe-.  A mí me duran menos que a ella. Yo creo que como veía a mi abuela encremarse y friccionarse, parece que hago lo mismo… Si usted fuera al baño de mi velero vería que hay cuatro perfumes. ¡Nadie tiene perfumes en un velero!

¿O sea  que su abuela es la responsable de todo? Sí, ella y también mi tío cura.

La aromática casa-quinta de los Moure Rojas ya no existe. Fue demolida y en su lugar hoy se levanta un supermercado. Pero no todo se perdió. Mario rescató el timbre que había en el acceso y su mamá, que pronto cumplirá 98 años, atesora la cómoda de madera con cubierta de mármol en la que Fresia disponía sus botellitas. La matriarca conserva algo más de ese tiempo antiguo: sigue usando Chanel 5, tal como lo hacía hace más de 70 años. “A veces le llevo otros para que los pruebe, pero me dice: ‘Tráeme lo de siempre'”.