Hombres

Héctor Vergara

Es socio y director de El Mundo del Vino y el único master sommelier de Sudamérica. En 2012 cumplirá 30 años desde que recibiera esta distinción y ya está preparando una fiesta para celebrarlo. Hablamos con él de algunos momentos placenteros de su vida, incluidos esos dí­as en que le gustaba cruzar a nado desde Angelmó hasta Chinquihue.

  • Revista Mujer

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Hay dos momentos en que Héctor Vergara (62) parece haber alcanzado el éxtasis. Los dos ocurrieron en Grecia, en tiempos distintos, con gente diversa. Veamos uno: ha llegado al pueblo de Lindos, en la isla de Rodas, junto a un grupo de amigos sommeliers. No se han visto desde hace tiempo y han elegido esta playa para reunirse. Les sirven pulpo, beben vino de la región, contemplan el mar azulísimo. Ríen. “Cada vez que pienso en el mar, pienso en Lindos. Teníamos una vista increíble y el mar era tan azulado que llegaba a cegar. Ese día encontré que el vino que tomamos era el mejor que había en el mundo, y cuando pienso en pulpo, pienso que nunca he comido uno mejor. Todo eso tiene que ver con la sensación del momento. Estaba con amigos muy agradables y me sentía muy feliz”, dice.

El segundo instante es más ascético. Ocurre en el Monte Athos, territorio griego poblado de monasterios ortodoxos. Para llegar ahí hay que viajar en un bus rural, cargado de animales y bultos. A él no le importa la incomodidad. Más bien le agrada ese desorden que le recuerda el Chile campesino de los años 60. Nuevamente se siente feliz. Está a punto de conocer a un primo político con el que ha venido escribiéndose. Llega al monasterio, le entregan un cuarto para alojar esa noche y cena en el comedor de los monjes junto a un belga, un suizo y un alemán. A lo lejos, observa a su primo sentado, comiendo. “Imagínate ese lugar, grande, antiguo. Nos dieron una sopa de verdura, un trozo de queso de cabra, pan rústico, aceitunas, un vino rosado. Nuevamente voy a lo mismo: esa noche me sentí muy bien y es una de las mejores comidas que he probado; todo muy simple, pero muy sabroso, hecho por ellos”. 
  
Héctor Vergara va relatando estos placeres sutiles en voz bajita, pero también evoca un episodio de lujo extremo, como esa noche en que la bodega de vinos francesa  Mouton Rothschild conmemoró sus 150 años con una megafiesta. “Imagínate cómo fue la comida. ¡Fabulosa! Sirvieron los mejores vinos de Francia. Fue una cena de película, difícilmente repetible. Casi fue un placer culpable”.   
La brújula ahora se le dispara desde Burdeos hacia la localidad de Padre Hurtado, su primer hogar. Tal vez el sitio más plácido de los que ha evocado hasta ahora. Es el de la infancia achoclonada, con cinco hermanos,  un padre dueño de un almacén donde se vendía vino suelto, una madre, un abuelo, la tía Juana. “Me acuerdo que para la noche de San Juan se mataba un chancho y había personas de mi familia, especialmente mi abuelo, que preparaban morcilla, prietas, arrollado… El lugar donde mejor me siento, aparte de mi casa, es en Padre Hurtado, en la casa de mi madre. Ahí me siento acogido, en paz y gozo bastante”.

¿Más recuerdos placenteros? Muchísimos. Como ese tiempo en que cruzaba a nado desde Angelmó hasta Chinquihue, mientras vivía en Puerto Montt y era mecánico de motores a reacción de la Fuerza Aérea de Chile. O como ese día de 1990 en que lo eligieron mejor sommelier de Canadá. O esa jornada de octubre de 1982 cuando lo nombraron master sommelier en Inglaterra, hito de su trayectoria que celebrará   con una fiesta en octubre de 2012. “Lo vamos a pasar bien, con champagne, con burbujas, porque cuando hay una fiesta es el momento ideal para abrir botellas de champagne”. Y también promete que habrá baile. Mucho baile. Como a él le gusta.