Moda

Desfiles de modas en Chile: De Dior a Bolocco

Hubo una época, en los lejanos años cuarenta del siglo pasado, en que las chilenas veí­an desfiles de modas muy de vez en cuando, al final de los conocidos 'té canasta'. Ninguna mujer salí­a de ahí­ impregnada de las últimas tendencias, pero así­ fue como todo comenzó. ¿En qué momento estos eventos se convirtieron en megaproducciones llenas de luces, modelos cotizadas y pasarelas en altura?  De eso habla en este artí­culo la historiadora de la moda Pí­a Montalva.

  • Revista Mujer

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Los desfiles de modas se desarrollan de modo más sistemático en Chile hacia fines de la década de los cuarenta, en el contexto de la posguerra y en un escenario que favorece a una clase media en pleno proceso de consolidación. Hasta ese momento las vitrinas de las casas de modas y la publicidad en periódicos y revistas femeninas constituyen el principal mecanismo mediante el cual las mujeres se informan sobre las novedades en materia de indumentaria. Estos desfiles se efectúan generalmente a la hora del té, en los hoteles Carrera y Crillón, o en clubes privados. Incluyen algunos modelos provenientes de Europa y Estados Unidos que tiendas como Los Gobelinos traen a Chile. La confección local se encuentra recién en desarrollo. Evidentemente, no es lo más apetecido por las elegantes. Concebidos como reuniones sociales a las que no accede cualquiera, lo central aquí no es la moda sino los vínculos que unen a las asistentes. En los llamados té-canasta, la moda marca  el momento de cierre. Sin embargo, la clave de la convocatoria radica en la posibilidad de compartir una obra social, una taza de té y un juego de naipes.

Durante los cincuenta asistimos a la expansión de la casa Christian Dior. La marca de lujo transfiere su aura desde la ropa de alta costura a algunos productos destinados a los sectores menos pudientes que comienzan a distribuirse en distintos países. Los perfumes Miss Dior, Diorama y Diorissimo, y los zapatos Roger Vivier para Dior, resultan claves para la difusión de Dior en Chile. Desde 1953 y hasta mediados de los sesenta, Los Gobelinos primero y Tejidos Caupolicán después fabricarán una línea de ropa Christian Dior combinando diseño y moldes franceses, y telas chilenas. El desfile de lanzamiento de la primera colección se efectúa en el Salón de Modas de Los Gobelinos y lo preside la Primera Dama Graciela Letelier de Ibáñez, junto a sus hijas. Las chilenas se muestran defraudadas con el resultado. El talento del desaparecido costurero parece encarnarse únicamente en la etiqueta.

A comienzos de los sesenta la casa Dior organiza una gira sudamericana de promoción. Ropas y accesorios originales viajan en 180 baúles. El exclusivo desfile se lleva a cabo en la residencia de una distinguida familia de la sociedad santiaguina, ubicada en el barrio El Golf. En 1962, una segunda gira colma los salones del Club de Golf Los Leones y del Hotel Carrera Hilton. Los diseños pertenecen a Marc Bohan, director creativo de la casa y segundo sucesor del costurero. Un año después, en el centro de Santiago, Almacenes Paris organiza un desfile en el sexto piso de su local de calle San Antonio. Abierto al público, gratuito, incluye cinco tardes sucesivas de espectáculo y un circuito cerrado de televisión donde se reproduce el evento. Las mujeres son agasajadas con refrescos y bocadillos. Muchas de ellas se enfrentan por primera vez a la pantalla chica. La muestra incorpora uniformes para ‘domésticas y mozos’. La concurrencia ríe mientras la mucama pasea “blandiendo un coqueto plumero y una femenil tenida que se complementó con una radio a transistores”.

En 1963 se presenta en Chile el desfile del diseñador francés Jacques Esterel. Esta vez, el empleado de una oficina de propiedades y modelo de pasarela Fernando Pizarro provoca la ira de los asistentes. Un sector del público masculino se sienta de espaldas al espectáculo en señal de rechazo. Otro grupo lanza irónicas carcajadas. Esta reacción se explica en parte porque en esos años el oficio de modelo era visto como algo socialmente inadecuado, incluso tratándose de mujeres. La mayoría de quienes ejercen este oficio son extranjeras o bien chilenas que se ocultan bajo apodos como ‘Bambi’.

Hacia 1969 se ha producido en Chile un cambio radical en la forma de concebir los desfiles que ahora ocurren de noche, en espacios públicos como el Drive In Lo Curro, la Casa de la Luna, una discoteca de moda o las Torres de Tajamar. Los creadores buscan sintonizar con un lenguaje contemporáneo que vaya a la par con los vertiginosos cambios que experimenta la moda. Se establecen relaciones con las artes escénicas y visuales para dinamizar las muestras, recurriendo a escenas de películas, diaporamas, mimos, danza. Según Tessi Huneeus, socia de Boutique Tai, los desfiles de moda en Chile, en esos años, eran una lata. Su aburrimiento la lleva a explorar nuevos formatos, rompiendo con la idea del desfile como evento social para hacer del diseño de ropa el foco de atención. “Me cargan los grupos de mujeres hablando, por eso les pongo música fuerte o las impacto con algo”.

A estas alturas de la historia se ha consolidado una alianza entre las boutiques y confeccionistas nacionales, y la industria textil chilena que está en condiciones de satisfacer las necesidades del mercado local. En los Festivales de la Moda que irrumpen desde Viña del Mar y las Exposiciones Nacionales de la Moda -ocurridos entre 1968 y 1973- esta alianza es evidente. Nuevas fibras como orlon de Dupont, tejida por Comandari, se presentan en este tipo de eventos. En la misma línea, en 1969 se presenta en Santiago el Diolen International Fashion Show. Organizado desde Alemania, introduce un cambio del ritmo en la pasarela. Modelos hombres y mujeres bailan go-go, al son del conjunto chileno Los Hawker, mientras exhiben una colección unisex. El público lo califica de “entretenido por su rapidez y originalidad”.

Después del golpe de Estado de 1973 se recupera el modelo tradicional de desfile de modas a beneficio, ahora de las obras sociales patrocinadas por las Fuerzas Armadas y de Orden. Esta lógica se rompe con la apertura de los mercados, que replica tanto las modas provenientes del exterior como la concepción de estas muestras. Hacia fines de los setenta y durante casi toda la década de los ochenta, asociadas al desarrollo del marketing y la publicidad, asistimos a una explosión de colecciones de temporada. Por otra parte, la realización del concurso Miss Chile, organizado por Revista Paula, contribuye a la expansión de estos eventos. Por esa vía las candidatas se entrenan en el modelaje. Y los auspiciadores, que proveen el guardarropa de las ganadoras, cuentan con una vitrina permanente donde promocionar sus colecciones, tanto de prêt-à-porter como de alta costura, en las principales ciudades del país.

Desde mediados de los noventa, la crisis de la industria textil y de la confección en Chile transforma crecientemente el desfile de modas en un evento en el que participa un selecto grupo de asistentes. Estos operan como ‘embajadores’ o ‘rostros’ de marcas internacionales, calzan en el perfil del destinatario del producto y cuentan con una importante cobertura mediática. En otro sentido, la expansión de la multitienda privilegia el catálogo temático impreso o en formato digital, que reemplaza el mítico desfile de modas. A pesar de todo, algunos desfiles perduran en el tiempo. Cada temporada, Apology, la colección de Cecilia Bolocco para Falabella, permite a las invitadas fotografiarse en la alfombra roja, a las compradoras disputarse a tirones los diseños que cuelgan de los percheros de la tienda, y a la masa fantasear con la facha, el look y el éxito de la diva.