Moda

Manual de estilo

¿Qué significa, para los hombres del siglo XXI, vestirse bien? ¿Estamos en tiempos de libertad absoluta o existen normas -no escritas, tal vez- que definen el buen gusto? Para descifrar este misterio conversamos con cuatro hombres que siempre andan bien vestidos.

  • Revista Mujer

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No es del todo muy elegante intentar dar consejos sobre cómo deben vestirse los otros”, dice Óscar Ríos, director del Área de Teoría e Historia en la Escuela de Diseño de la Universidad Diego Portales y nombre recurrente al hablar de hombres con estilo en nuestro país, cuando se le pregunta por las normas que rigen el buen vestir masculino. Es natural que la inquietud planteada le provoque algún resquemor; para este experto, vestirse es algo muy personal. Demasiado. Como la mayoría de las personas, considera que el clóset es, finalmente, un espacio de subjetividad.

Sin embargo, luego se atreve a dar algunas sugerencias y es  irónico, categórico e incluso lapidario al criticar algunos looks que suelen verse por nuestras latitudes. “Los bluyines con chaqueta y corbata déjenlos para Andy Warhol, que sí tenía estilo”, advierte. “Pasada cierta edad, los hombres no debieran usar bluyines, zapatillas ultratecnológicas y poleras con textos o eslóganes publicitarios”. “El fin de semana, que es la prueba de fuego en materia de asertividad con el vestuario, no se vista de gásfiter, atleta, mecánico, cowboy o rapero”. “El político piensa que usar traje oscuro le dará seriedad de estatista; la camisa blanca, transparencia, y la corbata roja, dinamismo, pasión y fuerza, pero en lugar de distinguirse como hombre avezado en el arte de vestir, lo que en realidad está diciendo es que no sabe qué ponerse”. ¿Estarán de acuerdo todos los hombres de buen gusto con estos planteamientos? Tal vez sí, pero tal vez no. Según pudimos constatar, finalmente los machos reconocidos por verse siempre bien (tanto en un estilo más bien formal como en una onda juvenil y relajada) han logrado construir su manual personal de moda, cuyas normas se ajustan a una identidad particular y que es imitado por otros hombres que se identifican con esa propuesta. Es, por así decirlo, una subjetividad-objetiva, donde hay espacio para un look personal, pero que depende de ciertas reglas -ajenas, por lo general, a los vaivenes de la moda y las tendencias de consumo- para tener coherencia.


Óscar Ríos, académico de la UDP: “La mejor inversión del clóset es un abrigo Chesterfield, recto, con botones escondidos, bolsillos de tapa, bolsillo adicional para el monedero y bolsillo superior izquierdo abierto, para usar con pañuelo”.

Los ejemplos sobran. Ernesto Mosso, dueño de la joyería que lleva su apellido y conocido por andar siempre impecable y muy formal, asegura que no puede faltar el pañuelo en el bolsillo de sus chaquetas y defiende el uso de colleras a brazo partido. En el otro extremo, el actor y productor musical Francisco Pizarro, ‘Cosmo Gonik’, de frecuente presencia en las páginas sociales gracias a su look, usa solo calcetines negros, confiesa que ha comprado chaquetas en los percheros de mujeres y siempre, siempre, completa su look con algún accesorio, desde un vistoso pañuelo con flecos hasta un sutil anillo.

El director de la revista ED, Ignacio Pérez-Cotapos, a veces comete arrebatos tales como comprarse un par de mocasines de gamuza color fucsia, osadía que para algunos podría parecer fatal pero que, en su percha, no se ve fuera de lugar. “Me gusta ponerle algo de color a esta ciudad, sobre todo ahora que está todo tan gris y contaminado”, explica, mientras mira por la ventana de su departamento en un día de preemergencia. Y agrega que le parece pésimo abrigarse con chaquetas de polar o parkas. El polar le carga porque es muy plástico y porque las prendas de ese material suelen tener un colorido fatal. “Lo peor son los sin mangas y reversibles, con dos tonos”, advierte. Sobre las parkas, agrega: “Me parecen Ok para esquiar, pero si no, no. Es muy difícil que te queden bien; tienes que ser muy alto. Y los chilenos, por lo general, no lo somos”.
Ahora bien, ¿qué hace que estos hombres, tan diferentes entre sí, logren tener un estilo coherente, bien armado? ¿Qué les da ese no sé qué que permite que todo lo que llevan puesto está bien, que nada falte ni sobre?

La respuesta es: educación. “Para vestirse hay que desarrollar una sensibilidad que te permita elegir aquellas prendas que calzan con la personalidad y que definen el estilo de cada uno. Para esto hay que tener una cultura básica. Esta cultura permite elegir el libro que lees, la música que te apasiona, la ciudad que amas, el cine que disfrutas, el arte que te maravilla y las personas que te completan. Te da seguridad y desenvoltura”, explica Óscar Ríos.


Cosmo, actor y productor musical: “Algunas de mis reglas para vestirme son: que no se vea el nombre de ninguna marca, que la prenda que elija me haga sentir muy sexi y no tener miedo a verme diferente”.

Según el teórico, existen dos ‘filosofías’ que brindan una suerte de marco teórico para la elección del vestuario masculino. Ambas vienen de Europa. La primera es la cultura inglesa, que cultiva “el vestirse apropiadamente para cada ocasión”. En esta manera de ver la moda, dice, “lo apropiado calza con lo adecuado y lo correcto”. La otra es la cultura italiana, que promueve una mayor desenvoltura y un cuidado desenfado. “Quien haya dicho que no se deben combinar cuadros con cuadros nunca ha conocido a un italiano bien vestido”, afirma la revista Esquire. “Como siempre, al mezclar patrones, todo radica en equilibrar pesos y contrapesos y en encontrar el punto medio visual entre el color y la escala. Es casi como cocinar, solo que más difícil”.

A MEDIDA
Por regla general, los hombres que saben vestirse han aprendido a distinguir un buen corte y una tela de calidad. Un asunto en el que -en esto coinciden todos- importa cada vez menos la marca. “Claramente, si compras una camisa Valentino, estás pagando por un look. Las cosas caras generalmente valen su precio. Pero cada vez hay más ropa barata y buena, fenómeno que antes no se daba. Yo, por ejemplo, vengo llegando de Nueva York y me acabo de comprar tres impecables camisas en H&M”, cuenta Ignacio Pérez-Cotapos. Y Ernesto Mosso acota: “Efectivamente hay una relación entre marca y calidad. Pero si realmente disfrutas lo premium, aprendes a cultivarte en eso, sabes reconocer las texturas más delicadas y finas. Hay muchos productos premium que no son de marca. Yo, por ejemplo, tengo un corbatero en Italia que me hace las corbatas como a mí me gustan. Por mi trabajo viajo harto a Milán y aprovecho de encargarle varias. Son un lujo, pero no tienen ninguna marca”.


Ernesto Mosso, joyero: “Mi familia viene del Piamonte, zona de Italia en la que se hacen las telas más caras del mundo. Por eso nací respetando los paños. En mi familia la calidad al vestirse es un valor”.

En el caso del joyero, esto de las marcas merece un capítulo aparte. “Hace 30 años importaba más la calidad que la marca. Hoy el marketing y la imagen son muy fuertes. Yo soy un creador, tengo una marca y por eso las respeto mucho. Me gustan las biografías que hay detrás de marcas como Armani, Gucci, Versace. Me encanta la historia del loco que se atrevió a crear algo, y por eso me emociona usar prendas u objetos con un nombre por detrás. Las marcas me gustan desde ese lado romántico, pero para adentro. Las valorizo para mí, no para andarlas mostrando, cosa que me parece de pésimo gusto”.

Los zapatos son un asunto clave. Pérez-Cotapos dice que “se puede economizar en todo, menos en ellos”. Y aclara que le gustan más los tonos café que los negros. Cosmo señala entre sus reglas de oro la importancia de que los zapatos que elige sean “increíbles, dorados, rojos, blancos y con talón”. Y Mosso reconoce que el calzado inglés es el que tiene la mejor fama, pero que prefiere los italianos. Especialmente los Campanille, que se hacen a mano en Nápoles. “Me gusta comprar zapatos de esos que dejas de usar porque te aburres nomás, porque no hay forma de que se rompan”, dice. “Pero lo más importante es cuidarlos. Uso hormas de madera de cedro, que toman la humedad de la piel que se queda dentro de los zapatos y así evitan que se arruguen”.

Pero la compra no lo es todo. La mayoría de los hombres bien vestidos, no importa cuánto terreno gane el mundo del retail, se mantiene fiel a un sastre. Pareciera ser que el señor de la huincha de medir, los moldes y las tijeras seguirá reinando para rato, y por una buena razón: con él se consigue la relación perfecta entre el cuerpo y la ropa.


Ignacio Pérez-Cotapos, director de la revista ED: “Lo que más me gusta es usar chalecos. Me parece que abrigan lo justo y ordenan el look”.

Pérez-Cotapos, por ejemplo, va prácticamente todos los sábados a ver a Esteban Fontalva. A veces para encargarle que le haga un traje; otras para hacerle algún arreglo a algo que se compró. Y Mosso, quien suele recurrir a Atilio Andreoli para su ropa a medida, afirma: “Hay gente a la que la ropa que venden le queda bien, pero yo me tuve que hacer amigo del sastre porque tengo una talla diferente en la chaqueta y en el pantalón. Pareciera que tener un sastre quita mucho tiempo, pero no: viene a mi oficina una vez al año, me toma las medidas y ya. Yo, para simplificarle un poco la pega, trato de mantener mis medidas iguales desde hace 20 años (ríe)”.

Todo esto, claro, puede significar un desembolso importante de dinero. Pero, según sus usuarios, cada céntimo gastado en una ropa de calce perfecto vale la pena. Edgar Pomeroy, sastre famoso en Estados Unidos que reside en la ciudad de Atlanta, apunta en una edición especial de estilo publicada por la revista Esquire: “Es un mito que mientras más caro un traje es mejor. La única razón por la cual un traje hecho por un sastre cuesta más es por el precio de la tela, la cantidad de trabajo manual que implica o el orgullo total de una etiqueta de diseño. Además, no hay tal cosa como un traje hecho a medida que quede mal, a menos que el cliente repentinamente gane o pierda peso”.