Belleza

Ciencia y cosmética: 48 horas en una cocina de belleza

Los productos cosméticos que usamos hoy se pensaron hace cinco años. Y los que se están desarrollando ahora los conoceremos recién en el 2016. Estas son algunas de las cosas que aprendí­ luego de visitar los laboratorios de una de las firmas de belleza más grandes del mundo.

  • Revista Mujer

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El pasillo es eterno y lleno de puertitas blancas. Una sola me llama la atención, es que está decorada. Tiene pegadas caricaturas y un cartel escrito a mano que dice (en inglés) ‘Laboratorio para experimentar’. Adentro hay una mujer rubia, de unos 45 años, con delantal blanco y anteojos antirreflex. Un par de microscopios y otros aparatos sofisticadísimos que no había visto en mi vida. Desde la entrada, observo cómo con la precisión de un relojero la mujer acaricia las hojas de una plantita que tiene en su escritorio. Hay dos plantitas en verdad. Una verde y llena de vida y otra casi igualita pero con las hojas marchitas. ¿Qué está experimentando?, pregunto. “Estoy testeando una crema depilatoria para el rostro en estas violetas africanas. La verde es la que depilo con mi producto, y la otra es la que depilo con el producto de la competencia. Lo que intento probar es que la nuestra servirá para piel sensible y la otra no”, dice. Si todo sale como ella espera, tendrá que repetir la prueba 500 veces, depilará mil plantitas y, recién después, comenzará la etapa de experimentación formal.

Bienvenidos a Sharon Woods Innovation Center, los laboratorios de Procter & Gamble. Bienvenidos a un edificio gigante en las afueras de Cincinnati, Estados Unidos, la cuna de muchos de los productos cosméticos que millones de chilenas ocupan a diario.

Diremos que Procter es a Cincinnati lo que Coca-Cola es a Atlanta. Aquí todos, directa o indirectamente, trabajan para la empresa. O porque son científicos, o porque son analistas, o porque son mamás full time que mientras los niños están en clase participan de los grupos de testeo de champúes, cremas, lociones, jabones, pañales, perfumes, etc. El lugar es blanco e impoluto y no vuela ni una mosca. El café se consigue en el piso de abajo, y para fumar hay que caminar unos 300 metros y tener suerte en encontrar un hueco en alguna de las dos bancas de plaza designadas para el vicio. Afuera el frío es atroz. Pero adentro todos tienen cara de contentos. Uno de los más entusiastas es Greg, científico principal del laboratorio de piel. En su oficina no hay ventanas pero sí miles de fotos, pantallas y escritos. Él es el encargado de realizar las pruebas clínicas y analizar las líneas finas y las arrugas de la piel con un equipo de imágenes. En una de las pantallas está congelada la foto en 4D de su propio rostro, donde él mismo se monitorea día tras día. “No estoy tan mal”, bromea. Lo mío tampoco es terrible. Gracias a Greg supe que mi piel es acorde a la edad que tengo, aunque el daño solar es mayor al esperado. Confieso que solo desde ese día ocupo una crema facial con FPS 25 sí o sí. Llueva o truene. Y de verdad aunque truene.

CIENCIA Y TECNOLOGIA
El verdadero motivo del viaje es conocer de cerca la investigación y la innovación científica que hay detrás de cada lanzamiento. ¿Un ejemplo? Si la etiqueta del champú dice que el pelo quedará más fuerte es porque un enorme equipo de expertos así lo ha comprobado. Todo está chequeado y hasta publicado en revistas científicas de primer nivel. De eso saben Steve y Bobbie, dos analistas expertos en el microscopio electrónico de barrido, un aparato que permite observar la estructura del cabello en alta magnificación. A ellos me entregué y hasta les permití que me cortaran un pequeño mechón de cabello para que lo analizaran. ¿Lo mejor? Meses después recibí en mi oficina en Santiago un sobre lacrado con la foto de mi pelo agigantado (que en verdad parece más una manguera industrial que un simple cabellito) y el resultado del análisis: ahora sé que mi pelo tiene 105,0 micrones de diámetro y que la cutícula es saludable. Que tengo un cabello fuerte y debo dar gracias a la naturaleza y a la genética por ello, pero no puedo dormirme en los laureles. Lo mejor para mí, según los expertos, es reemplazar el acondicionador por una crema de tratamiento. Y así lo he hecho.

PELO POR PELO
En la rigurosidad está la clave. Pasa en todos los mercados y también en la belleza. Imagino que antes de lanzar un nuevo auto al mercado los mecánicos testean absolutamente todo. Los frenos, los asientos, las conexiones eléctricas… Aquí es igual, y lo descubrí al ver el trabajo de los expertos que miden el grado de ‘peinabilidad’ del pelo después de la aplicación de un producto. El lugar no es tan grande como creía, pero debe tener, al menos, unos mil mechones de cabello natural de distintos colores y texturas colgando de las paredes. Hay crespos, lisos, canos, rubios, asiáticos, occidentales… de todo. Y a todos los peinan y los cuidan, los lavan, los secan y los manipulan para probar si el producto que están desarrollando es efectivo. Lo que estaban midiendo cuando viajé, seguramente formará parte de un champú que saldrá a la venta dentro de cinco años. Porque eso es lo que demoran las investigaciones antes de que cualquier cosa llegue a la góndola. Como la crema depilatoria que por ahora solo depila las peludas hojas de dos plantitas de violetas africanas, y que algún día tal vez sea un producto comercial.