Hombres

Daniel Greve

De sonrisa fácil es este crí­tico enogastronómico. Hablamos de su carrera, sus proyectos, su hijo Nicolás, y hasta de cómo hacer un buen huevo revuelto. Ojo, que no es tarea fácil.

  • Revista Mujer

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Como no es fácil invitar a salir a un crítico gastronómico dejé que Daniel Greve (35) escogiera el lugar de nuestro encuentro. Su elección fue La Cocinería, un coqueto restaurante que queda cerca de su oficina en la editorial y productora Emporio Creativo. Si no hubieran sido las 11 de la mañana, habría cambiado el cortado con quequitos por una de las exquisitas comidas caseras que -me comentó a su llegada (con unos decentes 15 minutos de atraso)- preparaban ahí. Por estos días este periodista anda corriendo de un lado para otro. ¿La razón? Está a semanas de lanzar su libro 40 Grados, la primera guía de piscos chilenos. “Fue un proyecto superambicioso, pero que sacamos adelante. Catamos 36 piscos y logramos hacer un libro completo, entretenido y práctico, dedicado 100% al consumidor”, me comenta entusiasta, y me regala una de sus grandes chocheras, la revista Uva.

Es mucho más alto de lo que se ve en fotos. Bien guapo, la verdad. Risueño y de ojos claros que se achican cada vez que se ríe. Ha trabajado 12 años entre diarios, revistas, web, televisión y radio; pero su carrera en esta área comenzó mucho antes, cuando tenía sólo nueve años. “De chico siempre supe que iba a ser periodista, no había otra opción. Jugaba a hacer revistas, programas de radio o a entrevistar a la gente con una cámara de video. Incluso ahora, disfruto tanto a lo que me dedico, que lo sigo viendo como un juego, pero de adultos”. Fue a parar en el mundo de la gastronomía cuando estaba haciendo su práctica universitaria y le tocó hacer una nota sobre restaurantes étnicos. Desde entonces comenzó a entrenar su paladar, que no ha parado de catar entre un producto y otro.

Ha comido en los mejores restaurantes del mundo, ha probado los sabores más exóticos y exclusivos, muchos de ellos inalcanzables para la mayoría de los mortales; ha catado cuanto vino y licores se le han puesto por delante. Sin embargo, cuando le pregunto por su comida ideal, me responde “marraqueta”, ¡sí!, marraqueta. “Mi comida perfecta es un picnic con mi mujer y mi hijo. Una buena marraqueta fresquita y crocante, un queso puro y fuerte, jamones, olivas, un buen vino y quizás un espumante. Eso es el cielo”, me cuenta mientras a mí se me hace agua la boca.

Si hay algo que aprendí de mi encuentro con Daniel Greve es que la base de una buena comida es contar con buena materia prima, no lo extravagante de los ingredientes. “La gente a veces me pregunta por las trufas, que son carísimas, pero ¿sabes cómo se disfrutan mejor las trufas? En un huevo revuelto”. Plop. “Y el huevo revuelto tiene su técnica”, agrega, mientras con un lápiz y servilleta en mano me enseña la ciencia oculta de una buena paila de huevos. La clave: partir con la materia grasa en frío, a fuego lento, y revolver todo menos la yema, que se rompe sólo cuando se ha sacado la sartén del fuego.

Luego confiesa que el gran secreto para disfrutar más la buena mesa es la compañía. “El mejor acto de amor es cocinar, es una forma de hacer feliz y agradecer al otro. Y comer en compañía de alguien especial sin duda sabe más rico”. ¿Habrá algo que este amante de los sabores no tolere?, le pregunto. “La pasta de tímpano de koala siempre me ha caído mal, es muy fuerte”,  bromea. En general no es mañoso, pero sí exigente con los buenos sabores.

Su más grande pasión tiene tres años y medio, su hijo Nicolás. Y el dicho ‘de tal palo, tal astilla’ se aplica perfectamente acá: “Ya relaciona los nombres con los aromas y le encanta la cocina. Hasta distingue entre una naranja y un pomelo”, me cuenta chocho. Como papá dice ser superregalón y juguetón, pero cuando se enoja, lo hace en serio. “Paso de ser el payaso al pesado superheavy”, me cuenta… pero, honestamente, me es difícil imaginarlo.