Hombres

Fernando Larraí­n

Divertido, relajado, hipercromático, excéntrico, irónico. Así­ es este actor, protagonista de la serie Ala Chilena, veterano en la TV y particular í­cono de la moda (a su manera).

  • Revista Mujer

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Un par de veces pasé frente a él. No lo reconocí. De polerón con capucha y acompañado de sus tres hijos, a primera vista no se parecía en nada a su extrovertido personaje público. Yo esperaba distinguirlo a la distancia, fluorescente, gritón, acelerado. Pero tuve que rodearlo varias veces para confirmar que efectivamente era él. Sentados frente a frente, tampoco me convenció mucho. Este Fernando Larraín (48) era serio, pausado e imponía orden cuando Celeste (12), Iñaki (9) y Jerónimo (8) me aseguraban que mucho mejor, más entretenido, sería que los entrevistara a ellos.

Pero a poco conversar me explicó que esa falta de chispa era sólo cansancio, que el pasado año para él había sido superintenso, que ahora entendía que había aceptado más proyectos de los que debería, pero que el desafío que le propuso TVN con Ala Chilena y A/Z había sido imposible de rechazar. Nada que hacer. Se había entusiasmado y se dedicó ciento por ciento a su trabajo. Además a esa ecuación se sumaron dos proyectos en cine, el programa de radio con su padre y su hermano Nicolás y planes para colaborar en teatro con su compañero de Ala Chilena, José Martínez. Así  que terminó agotado. Ahora sólo espera relajarse y programar las vacaciones familiares.

Es que sin quererlo le ha tocado asumir cada vez más roles protagónicos. Algo que a pesar de su naturaleza pintamono no le es fácil. ¿Más Robin que Batman?, le pregunto. “Es que nunca quise hacer un protagónico, les tenía miedo, no quería tener la responsabilidad de llevar una escena. Siempre me he encontrado un actor de servicio para la historia, pero ya le aprendí a tomar el gusto”. Tampoco siente la necesidad de ser divertido las 24 horas. Pero sí reconoce ser algo como el niño símbolo de la ‘buena onda’.  “Es que la gente me ve como el prototipo del tipo relajado, que lo pasa bien, que le gustan los colores. Y como el mundo tiene ganas de entretenerse más se encariñan con personajes como yo”.

Y parte de ese personaje lo construye con su ropa, que, a pesar de que no lo parezca, no es tan extravagante como quisiera. Porque si fuera por él, se pondría todos los días atuendos al estilo de Prince o andaría, invierno y verano, con un gorro ruso blanco. Aunque le cuesta, baja sus decibeles, muy a su manera, con numeritos como su buzo azul con estrellas blancas o las coloridas tenidas que le entrega una reconocida marca deportiva. “Me regalan las cosas más locas, las que nadie se atreve a ponerse”, cuenta.

Eso es lo más sobrio de su clóset. Es que a él no le interesan la comodidad ni el equilibrio cromático… Lo suyo es expresión pura. Pero a su señora -diseñadora industrial de profesión- sí le importa. Ella es su cable a tierra y la encargada de encauzar su guardarropa de locura. Encauzarlo nomás, porque finalmente su excentricidad es también su marca registrada y una necesidad casi visceral que lo ha acompañado toda su vida.