Hombres

Rafael Olarra

El defensa de la U es asumido, relajado y simpático. Quiere entrar a las aulas y asume cierto temor porque lo suyo es la "pelota con chanfle".

  • Revista Mujer

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Me junté con Rafa Olarra en Providencia y lo vi de lejos. Alto, metro 86, 80 kilos, polera Adidas con letras oro y unas zapatillas blancas radiantes. “Las limpio yo mismo”, cuenta orgulloso, asumiendo que es poco lo doméstico que hace. Ve la grabadora y se lanza. “Hay algunos que traen la propia. Pero yo soy confiado y lo que diga no tiene demasiado peso”. Nada que ocultar, dice. Ni que Bielsa es reemplazable, ni que los jugadores en las decisiones del fútbol chileno no pesan, ni que por cábala cruza la línea de juego con el pie derecho, ni que no vota (sólo uno de la U lo hizo), ni que agradece a Dios cada noche, ni que tiene un gran BMW blanco. Tampoco que habla un inglés tarzanesco (aunque se maneja con el hebreo), que es un gran bailarín, que le atrae la pega de sobrecargo (“señora… ¿maní?”), que no lee (aunque compra libros de arquitectura y diseño), que no sabe de cine ni arte. Por mucho que haya llegado a la pregunta nueve sin comodín en el millonario de Sergio Lagos. “Pensé que no iba a poder ni concursar. Cuando me preguntaron cuáles eran mis temas, no tenía por dónde. Me fui por mis viajes”. Mal que mal se encontró con su calle bombardeada cuando vivía en Haifa, aunque jamás participó de San Fermín mientras vivió en Pamplona porque corren todos borrachos. “Los toros para un lado y ellos en contra. Ni cagando”.

Olarra dice que se salva por la cantidad de experiencias. Con ellas se maneja y cuando no sabe algo, toma palco. Como cuando comenzó a armar su empresa deportiva con Tello y Ponce, porque dice que jubilar a los 35 es inquietante. “A los 19 tenía mi departamento y mi auto”. Así va de rápido y así termina. Por eso ahora quiere estudiar “un diplomado lindo que están haciendo unos amigos en marketing”. Le da miedo, pero lo necesita. “En la oficina me hablaban del know-how, el checklist y la carta Gantt, y quedaba pagando. Hasta que les dije: van a tener que explicarle al jefe que es esta… que están hablando. Yo soy de la pelota con  chanfle, súbelo, córtalo, bájalo”.

No cabe duda de que Olarra va a aprender rápido. En el colegio ganó el premio al esfuerzo. Aunque no entra a las aulas hace 15 años, cuando decidió ser futbolista por gusto y para aliviarle la carga a su padre. “Más allá de la universidad, el que quiere aprender, aprende. En el rubro nuestro ganái plata, pero nadie te enseña a usarla”.

El jugador de la U se esfuerza por ser un tipo normal, pero dice que cuesta cuando ve servilletas enmarcadas con sus firmas en el living de una casa. O cuando su ahijado Martín insiste en llamarse “Rafa”. Padre de familia y bueno para asolearse, también nada, juega tenis y básquetbol. Es pretencioso. Nada de grasas. Y nada de farándula.