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¿Por qué amamos a Javier Bardem?


  • Revista Mujer

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Si cierro los ojos, lo primero que se me viene a la mente al imaginar a Javier Bardem son sus cejas espesas y sentimentales, la nariz quebrada de boxeador y sus labios abultados, alertas, en un gesto de arrojo que le confiere a su rostro una expresión de seguridad, de reciedumbre, y a la vez de cercanía.

Su semblante no es de cristal tallado, como el de tantas estrellas cinematográficas cuya perfección y pulcritud los vuelven asépticos, inodoros, casi inhumanos. Javier Bardem, por el contrario, parece ser un cúmulo de imperfecciones: ojos pequeños y capotudos, frente simiesca, mentón alongado.  Entonces, ¿por qué lo amamos?.

Lo amamos porque a la hora de elegir sus películas no busca, como tantos otros, aquellas escenas en que su belleza y encanto quedan al descubierto, en que sus músculos le roban suspiros al género femenino; tampoco añora ni exige ser el más recio (Tom Cruise), ni  el más valeroso (Tom Cruise), ni el más seductor (Tom Cruise). Lo hemos visto en el transcurso de las dos horas que dura una película postrado en una cama en Mar Adentro, convertido en la cicatriz de un hombre desempleado y gordo en Los Lunes al Sol, perseguido y maltratado por ser homosexual en la Cuba castrista en Antes que Anochezca, confundido y maldito en Vicky Cristina Barcelona; enfermo de cáncer y pobre en su última película, Biutiful, dirigida por el director mexicano González Iñarritu, pronta a aparecer en nuestros cines. Lo amamos porque Javier Bardem pareciera ser un hombre de carne y hueso, y cuando te mira de frente, lo hace a la vez con provocación y orfandad. Lo amamos porque habla en español y no en inglés y porque nunca lo vimos en las revistas rosa desplegando sus encantos a una rubia despampanante. Lo amamos  porque unió su corazón al de una mujer que lleva el nombre de la esposa de Ulises, Penélope, en quien Homero depositó atributos femeninos que incontables veces hemos querido poseer: una mujer deseada por los hombres con locura, y ante cuyo asedio ella reacciona con inteligencia no exenta de cierta crueldad.  Durante años la Penélope de Homero mantiene a sus pretendientes a la espera de su decisión, sin jamás dejarlos ir definitivamente.

Amamos a Javier Bardem porque su Penélope es la mujer que quisiéramos ser, y junto con ella todas por fin pudimos capturar su corazón y compartir el ardor de su lecho. Lo amamos porque no es ajeno a las vicisitudes del mundo y está dispuesto a levantar la voz por los perseguidos y explotados. Durante años ha apoyado la causa de los saharauis, los habitantes autóctonos del Sahara occidental, territorio que fue ocupado por casi un siglo por España y que en 1976 este país abandonó a su suerte. Desde entonces el gobierno de Marruecos ha intentado sistemáticamente, borrar a los Saharauis de la faz de la tierra, con genocidios, abusos y ocupación de sus territorios. El miedo es hoy parte de sus vidas. No duermen dentro de sus viviendas por temor a que una noche, rompiendo sus puertas, irrumpan en ellas. Día a día crecen los desaparecidos, al tiempo que los niños huérfanos deambulan solitarios en los pueblos abandonados. Javier Bardem, junto a miles de sus coterráneos, exige que el gobierno español de Zapatero y la comunidad mundial, en lugar de preocuparse por sus relaciones comerciales con Marruecos, denuncien y condenen lo que está ocurriendo.

Pero por si todo esto fuera poco, Javier Bardem muy pronto será padre por primera vez. Lo veremos entonces en el estado quizás más seductor de un hombre: doblegado ante el encanto y la inmisericordia de la paternidad.