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Tan lejos, tan cerca: Skype Sex


  • Revista Mujer

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Hace algunos días recibí un correo electrónico de Amalia, una de mis mejores amigas. Decía así: “Con Ricardo, mi nuevo novio, descubrimos que la mejor forma de decirnos las cosas es por mail. Ya no perdemos tiempo en todas esas tonteras en las que se nos va la vida, te imaginas de lo que te estoy hablando: me miró con mala cara, o peor aun, ¡ni siquiera me miró!, ya sabes…”.

Le respondí inmediatamente, pidiéndole que me llamara. Pero ella volvió a escribirme. Que estaba muy ocupada, me dijo, y continuó contándome sobre las maravillas de no tener que escuchar las largas letanías de su novio ni tener que verle la cara mientras le pedía algo. A pesar de que se explayaba en detalles, me impresionó que Amalia, tan dada a las letras, empleara el lenguaje jibarizado que suele usarse en los mensajes de texto. Su fanatismo al justificar y defender su nueva modalidad de comunicación, sin habiéndole yo interpuesto ningún argumento en contra, siguió alertándome.

Al siguiente mail le pregunté más. ¿Qué hablaban?, ¿habían alcanzado un nivel de comunicación más profundo del acostumbrado?

De vuelta, me arengó, alegando que sin escucharme la voz, oía el tono de sarcasmo que contenían mis preguntas. Y entonces guardé silencio. Silencio cibernético, por supuesto. Y me quedé pensando, esperando que el próximo mail que me llegara de Amalia fuera uno en cual me confesara su sentimiento de soledad. Pero lo que me llegó en cambio fue una revelación que, viniendo de ella, me dejó perpleja. Había encontrado una forma nueva de hacer el amor con su novio sin (según sus palabras) el engorroso asunto de los olores, del sudor, del intercambio de fluidos, y sobre todo sin ese instante siempre embarazoso, siempre claustrofóbico, que sucede al amor. Skype sex. Después de alcanzar el placer, simplemente apagaban el computador y cada uno, en su propio departamento, se metía a la ducha.

Odio a aquellas personas que todo lo miden desde su propia experiencia, y por eso me sentí incapaz de juzgar a Amalia, pero sí me dio un dejo de tristeza imaginar que tal vez algún día su cuerpo iba a perder el recuerdo del calor de otro cuerpo. Al cabo de dos días recibí una invitación suya a ser su amiga en Facebook. Cuando entré en su perfil, me encontré no tan sólo con la sorpresa, que la esquiva Amalia tenía 1.500 amigos, sino que entre risas jajajajajaja, abucheos buuubuuu, exclamaciones ¡!!!!!!!!!!!!!!!!había toda una vida de lo más excitante y arrojada, a la cual estoy segura ella nunca se había antes asomado. ¿Ha encontrado Amalia una forma nueva y mejor de existir?, me pregunté.

Y fue en ese instante que, cerrando los ojos, la imaginé. La imaginé sentada a la mesa de su escritorio con la bata color tierra que heredó de su madre, las babuchas desgastadas que compramos juntas en Marruecos hace ya diez años, la espalda encorvada sobre la computadora, y supe que nada había cambiado. Amalia seguía siendo la mujer un poco huraña y neurótica, imaginativa, inteligente y de buenas intenciones que había sido siempre, sólo que ahora había encontrado un sucedáneo de vida que le permitía, sin salir de su covacha, albergar la ilusión de una gran vida, una vida llena de amigos y actividades a las cuales era invitada, pero que se llevaban a cabo en Barcelona, en una party en las alturas de Santiago, o en un bar a la madrugada, donde yo sabía Amalia no se iba a aventurar. La imaginé y me dieron ganas de ir a tocar su puerta, cogerla de la mano e invitarla a que, mirándonos a los ojos y tomándonos un café muy caliente, me contara de sus proyectos, de su nuevo novio, oír su voz cascada, verla pestañear con rapidez, ver sus manos moviéndose nerviosas, tomando y soltando su pelo cuando sus palabras o las mías tocan su corazón.