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La pinta es… lo de más

El poder de la apariencia física se ha vuelto incontrarrestable. Tan autosuficiente, que diluye todo a su alrededor, para fortuna y desgracia de quien luce demasiado bien. Hace poco, una amiga que lo está pasando pésimo me contó que había perdido la pega. Mientras hablaba, algo entorpecía la verosimilitud de su drama, y era que […]

  • Revista Mujer

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El poder de la apariencia física se ha vuelto incontrarrestable. Tan autosuficiente, que diluye todo a su alrededor, para fortuna y desgracia de quien luce demasiado bien. Hace poco, una amiga que lo está pasando pésimo me contó que había perdido la pega. Mientras hablaba, algo entorpecía la verosimilitud de su drama, y era que ella se veía espléndida. Quizás por eso sólo atiné a decirle: “Dentro de todo, no es tan terrible… tienes una familia preciosa y estás más regia que nunca”. Como si haber conseguido esa pinta –natural o quirúrgicamente– fuera un logro casi inmoral, que no le diera derecho a pedirle un gramo más a la vida. Esa ambivalencia frente a la belleza física la explica Rafael Gumucio en su último libro, Contra la Belleza: “Lo que hace a la belleza tan peligrosamente fascista es justamente que siempre es indiscutible. La belleza es; no necesita decir nada más, no nos pide que digamos nada más tampoco…”. Probablemente jamás la apariencia física había gozado de tanta autoridad como en nuestros días. Y nunca el delirio de belleza fue así de poderoso y democrático. Según la American Society for Aesthetic Plastic Surgery (ASAPS), entre 2000 y 2009 el total de procedimientos de cirugía estética en Estados Unidos creció 69%. Y en 2009, la población norteamericana gastó 10 mil millones de dólares en procedimientos estéticos no quirúrgicos (un tercio de lo que se estima le costará a Chile la reconstrucción posterremoto). En Chile, encuestas revelan que acá también crece a un ritmo feroz nuestra percepción de cuánto pesa la imagen comovía de ascenso profesional, igual que la disposición a cambiar la apariencia mediante procedimientos quirúrgicos (según la Encuesta Bicentenario 2008, 12% ya lo había hecho y 46% dijo que lo haría si pudiera). El acceso a un lifting ya no es patrimonio exclusivo de la elite chilena. Al punto de que en estos días vemos cómo la masificación de los procedimientos estéticos ha levantado polvareda mediática por los llamados ´ofertones mundialeros´ de cirugías estéticas –con descuentos de hasta 50%–, que desató la crítica de la Sociedad Chilena de Cirugía Plástica. Creo que el malestar de los médicos más ortodoxos tendrá poco eco. En los tiempos que corren, hasta al más incauto le cayó la teja de que la belleza física es poder y éxito. Y contra el éxito, no se discute. Se dirá que esa belleza es artificial, que no es verdadera. Pero eso ya es terreno del arte. La belleza física, en cambio, siempre será un poco mentirosa, corrupta y cruel. Incluso con sus propios dueños, que también sufren el temor de su abandono. Por eso perdura la leyenda de artistas hermosos muertos muy jóvenes. La hipérbole de este fenómeno fue quizás Marilyn Monroe, el mayor mito de Hollywood, que murió a la edad de 36. Ella, que conoció el valor –y el dolor— de ser tan bella, había dicho: “Yo no quiero hacer dinero. Sólo quiero ser maravillosa”.