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Zonia Franca

La voz de Alejandra sonaba mal. El doctor le había indicado una semana de reposo absoluto y yo imaginé –error– que era su oportunidad para un merecido descanso. Pero, al otro lado de la línea, ella hablaba como una mujer secuestrada.“Sí. Bien. Aquí”, decía. Luego me enteré de que su marido había decidido no ir […]

  • Revista Mujer

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La voz de Alejandra sonaba mal. El doctor le había indicado una

semana de reposo absoluto y yo imaginé –error– que era su

oportunidad para un merecido descanso. Pero, al otro lado de

la línea, ella hablaba como una mujer secuestrada.“Sí. Bien. Aquí”,

decía.

Luego me enteré de que su marido había decidido no ir esa

semana a la oficina y despachar a la nana para así tener más tiempo

a solas con su mujer. Se transformó en su enfermero.

“Sí. Ven”, fueron las últimas palabras de mi amiga antes de colgar el

teléfono. Apenas pude partí a su casa.

La primera señal de alerta me la dio Canito; el quiltro de la familia estaba

con pinta de estresado.

Cuando llegué a su pieza miré de reojo y no encontré ninguno de

esos detalles que delatan cuidados mínimos a un enfermo. En el

velador eché de menos un vaso con agua, por ejemplo. Entró Canito

y se fue directo a lengüetear el vapor del ventanal.

“Parece que tiene sed”, dijo Alejandra, y luego me contó que estos

días con su improvisado enfermero habían sido un desastre: si no le

decía que sentía hambre, simplemente, a él no se le ocurría servirle

un plato de comida. Eso sí, todas las mañanas le compraba una rosa

y le escribía frases del estilo: “Estos días, solos tú y yo, son como

una segunda luna de miel. Claudio”.

¿Sería una venganza la de ese hombre? ¿O, quizás, estaba practicando

una nueva forma de eutanasia?

Fue entonces cuando me acordé que en Chile, quienes cuidan

enfermos, ancianos y niños (que no son sus hijos) son en su inmensa

mayoría mujeres. En nuestro país suman casi 707 mil, según un

estudio realizado por Comunidad Mujer. La situación de Alejandra y

Canito confirmaba esa realidad. Los hombres –salvo excepciones, claro–

no están preparados para hacerse cargo de la tarea anónima y fatigosa

de prestar auxilio al necesitado. Y no es porque sean seres desalmados ni

mucho menos. Simplemente, no se les ocurre. Nadie les enseñó, desde

chiquititos, a vestir una muñeca; a regar las plantitas; a jugar a la

enfermera. Por eso propongo que, en lugar del Servicio Militar, exista

una especie de Servicio Obligatorio al Prójimo. Sería mucho más

productivo y útil. En fin…

Pasaron los días y terminó el suplicio de mi amiga (y de Canito).

Lo peor de todo es que Claudio ni siquiera se dio cuenta de su pésima

performance. Al revés, patudamente anunció el día que a su

mujer le dieron el alta: “Creo que me equivoqué de profesión. Nací

para ser enfermero”. Buena la talla.