Hombres

…Santiago Pavlovic

No sólo lo hace peculiar su parche en el ojo combinado con sus dos metros de altura, sino también su increí­ble humor negro y su solemnidad para ver el periodismo.

  • Revista Mujer

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Santiago Pavlovic (60) no sólo se siente completamente orgulloso de llevar más de treinta años en la televisión pública, sino que además no comparte el temor –que sí existe entre algunos de sus colegas– de que el nuevo gobierno pueda cambiar en algo las cosas. “No creo que ni Piñera ni nadie puedan instrumentalizar políticamente a TVN. La institucionalidad que hemos logrado es tan sólida que aunque quisieran, no podrían…Pero esto no quiere decir que antes no haya ocurrido. Sí surgió cierta vez un presidente del directorio que pensó que tenía más influencia de la real”.

–¿En serio? Y se podría saber quién fue ese susodicho –le pregunto claramente intrigada por la voz de misterio que me pone. Y responde que fue el ex ministro de Defensa Francisco Vidal. “Siempre trató de ampliar sus atribuciones. Sin ir más lejos una vez fue amonestado porque empezó a organizar reuniones políticas partidarias dentro del propio canal de todos los chilenos”, cuenta con un tono de solemnidad periodística tal que logra que yo lo tome muy en serio.

Pero cuando comienza a hablar de su parche ya es otra historia. Ahí despliega tanto sentido del humor que no queda más remedio que reírse con él. Si hasta sus anécdotas de la guerra de Irak las ve con ironía. En especial cuando cuenta que mientras fue interrogado por más de dos horas en un lugar indeterminado de Bagdad con un cambucho en la cabeza, sólo cruzaba los dedos para que no lo dejaran ciego. “Rezaba para que no me pegaran un combo en el único ojo que me quedaba bueno. Mientras me interrogaban bajaba harto la cabeza para que los puñetes no me llegaran allí… Mira, ya es complicado ser monocular, imagínate lo que sería soportar la ceguera”.

–¿Y qué es lo más difícil de tu condición? –le pregunto, y me responde que todo. Pero que después de largos años de reflexión ha llegado a la conclusión de que sí se puede vivir así, y que es mejor perder un ojo, que una pierna o un brazo. “Ya lo llevo bien. Pero de joven igual sufría cuando me decían pirata o tonteras por el estilo. Además andaba supercondicionado para conquistar a las mujeres. Si bien hoy mi parche me entrega cierto encanto, antes estaba completamente traumatizado”, explica, y luego realiza una gran confesión: que el parche sólo se lo saca para hacer el amor. “Siempre he tenido la misma costumbre”, dice dejándome avergonzada.

Luego hablamos de un tema que le preocupa muchísimo más: su difícil proceso de la pérdida de fe. “Sigo creyendo en los curas, pero simplemente no puedo imaginarme la existencia de un Dios caprichoso que salve a algunos y deje morir a niños de cáncer a los huesos”, capitula, y luego levanta su gran humanidad de la silla, yme doy cuenta de que no es sólo su vista lo que lo hace excepcional, sino también sus increíbles dos metros de altura, que lo han condenado desde siempre a ver el mundo desde lo alto.