Sin categoría

El Naranjito del Mundial 82


  • Revista Mujer

Compartir vía email

Para el Mundial de España 82 todos nos hicimos fanáticos de su mascota, Naranjito, un personaje de lo más amoroso. Tenía forma de naranja, cara de niñito y vestimenta de futbolista. Andaba siempre con los cachetes colorados y era seco para la pelota. Todos lo seguíamos porque en esos años nos encariñábamos en serio con las mascotas de los campeonatos futboleros.

En especial en España 82, donde también competía Chile. Para variar alucinábamos con la gloria. No existía mesa en nuestro país donde no se hablara de lo mismo. Los adultos estaban completamente desbocados. Mis tíos, por ejemplo, esbozaban frases tales como que ‘el triunfo ya llega’ o ‘con Caszely en la cancha nos subiremos al carro de la victoria’. Mientras ellos soñaban, los niños no le sacábamos la vista a Naranjito. Coleccionábamos absolutamente todo lo de él: lápices, vasos y, por supuesto, sus puzzles. Sus puzzles eran complicados de armar ya que sus piezas no se podían sacar del tablero. Además, se contaba con sólo un casillero vacío para moverlas y eso hacía terriblemente difícil ensamblarlas. De todos los niños que conocíamos, sólo mi primo Javier podía hacerlo rápidamente. Era seco. Lo bastante como para descifrar cubos mágicos en menos de una tarde y resolver el puzzle de Naranjito como si hubiese sido cualquier juego de niños. No obstante su destreza, mi tenacidad era tal que me propuse derrotarlo. Y practiqué y practiqué hasta que finalmente logré llegar a su altura. Y en ese momento lo desafíe a duelo. Pero el enfrentamiento fue el día en que nos íbamos a reunir con todas nuestras familias para ver el gran encuentro de Chile contra Austria. El partido donde nuestros padres habían puesto sus mayores esperanzas. Pero al menos para mí y para mi primo lo único importante era derrotar al adversario, porque más que el anhelado triunfo de nuestra selección, ser los mejores puzzleros nos interesaba mucho más. Se suponía que el primero que resolviera el puzzle tendría que entregarle al otro hasta el último centavo de su mesada, unos 100 pesos, equivalentes a algo así como cuatro helados de crema y tres chicles Dos en Uno… Absolutamente tentador. Comenzamos a batirnos justo cuando se dio el puntapié inicial al partido. En ese minuto nada nos importaba más en la vida y estábamos tan nerviosos que éramos incapaces de sostener una cuchara. Sobre todo el Javier, quien decía que lo peor que le podía pasar en el mundo era perder su dinero (que guardaba avaramente en un chanchito bajo su cama).

Analizó desconfiadamente de reojo cada movimiento que yo hice, y se tiró los pelos cada vez que me vio avanzando hacia el triunfo. Pero aquella vez no hubo ni vencedores ni vencidos. Ninguno de los dos siquiera alcanzó a terminar el puzzle, ya que antes de que eso sucediera, algo grande nos sobresaltó: Caszely perdió el penal. Y nuestros padres terminaron tan frustrados que dieron en ese mismo segundo punto final al encuentro. Según ellos, ya no quedaba ánimo para nada. Todo, todo había cambiado.