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La leche condensada en miniatura


  • Revista Mujer

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La leche condensada en miniatura era un verdadero clásico de los recreos escolares. Mi grupo completo de amigas y yo siempre la llevábamos para mezclarla con Nestún y comerla a cucharadas. Era realmente increíble, lo más dulce que a uno le podía tocar en la vida. Además venía en un porte tan pequeño que era superfácil de transportar; incluso en los bolsillos de nuestros delantales.

Nos gustaba demasiado. Tanto, que la comíamos a cucharaditas minúsculas para saborearla mejor. Y después nos quedábamos tan energizadas que comenzábamos a hacer toda clase de tonteras para quemar calorías: jugábamos al comprahuevos, nos encaramábamos a los árboles, y a veces hasta hacíamos arriesgadas piruetas en las barras, quedando de cabeza y mostrando hasta la última costura de nuestros calzones de lana. Y quizás fue por estas extrañas costumbres que a poco andar nos fuimos transformando en el blanco predilecto de la Mafia. La Mafia era un grupúsculo de niñas ultramolestosas de mi colegio que se hacían llamar así porque ellas mismas se definían como malacatosas. Eran simplemente terribles. Cada cosa que hacían era para dañar a alguien. Y por supuesto nosotras nunca fuimos su excepción. Nos decían de todo: que éramos últimas de pernas por consumir leche condensada con Nestún y que nos pondríamos como gordas de circo si seguíamos haciéndolo. También nos llamaban “caras de simios regañados” porque nos colgábamos de los árboles, o “coñetes” porque nos rehusábamos a regalarles todos los días nuestra colación. Y lo peor de todo es que frente a todo aquello jamás teníamos respuesta, simplemente nos quedábamos pasmadas mirándolas sin saber qué diablos hacer.

Así fue hasta que por un azar del destino un día la suerte tocó a nuestra puerta y tuvimos la oportunidad de vengarnos sin ningún tipo de obstáculos. Jugamos a la amiga secreta entre todas las del curso y a mí justo me tocó regalarle a la líder de la Mafia, la María José, una niña pecosa, algo colorina, y muy pero muy interesada. De hecho se atrevió a decir delante de todas que lo único que la motivaba del juego eran los regalos, con la clara finalidad de amedrentarnos para que no le fuéramos a dar porquerías. Así de mafiosa era y así de mal le fue. Me vengué en grande por todas sus fechorías mándandole cada día un regalo más espantoso que el otro, para asegurarme de que se sintiera tan mal como ella nos había hecho sentir a nosotras. El primero fue un robot destartalado de mi hermano, que se lo dejé en su escritorio y que le cargó tanto que lo tiró de forma asesina por la ventana. Ver aquel espectáculo fue un verdadero deleite a la vista. El segundo fue un calugón Pelayo a medio comer que aunque le provocó pataleta igual se lo engulló con la misma cara de quien mastica una laucha. Y el tercer y último ‘presente’ de amiga secreta fue una verdadera obra magistral de lo que podría ser una broma. Insuperable. Lo estuvimos puliendo por días con mis amigas hasta que finalmente logramos que encajara perfecto. Era una cajita rosada preciosa, forrada en género que contenía en su interior una horrible sorpresa: un tarrito miniatura de leche condensada, pero lleno de barro con un mensaje donde se leía: “Disfrútalo con Nestún”. Aún no puedo olvidar la mueca de descomposición que puso. La invadió el horror, la incertidumbre y la congoja y se le deformó la cara.

Realmente no sabía qué hacer. Nunca había imaginado que recibiría tal humillación. Pero como líder de la Mafia, con tal de cuidar su reputación, decidió que lo mejor sería no acusarnos a las profes y aguantarse sola el trago amargo. Eso sí, jamás volvió a molestarnos, y desde ese momento comenzamos a disfrutar nuestras leches condensadas en miniatura tranquilas y felices.