Hombres

…Antonio Skármeta

Nos juntamos a almorzar en el restaurante Delmónico y fiel a su carácter disperso habló de todo y de nada. Me confesó que su peor defecto es la pereza.

  • Revista Mujer

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Los ojos del escritor Antonio Skarmeta (70) llegan a achinarse de tanta felicidad cuando me cuenta que su conocido libro Ardiente Paciencia será convertido en ópera y cantada por el mismísimo Plácido Domingo a mediados de este año en Estados Unidos. “Será un verdadero honor para mí”, dice, y luego se mete de un solo bocado una inmensa macha a la boca, acto que lo deja completamente poseído. “Esto es como un milagro de la naturaleza”, acota, y a pito de nada confiesa que una de las características más predominantes de su personalidad es su ‘egodispersión’: “Me vuelco a miles de cosas y a nada a la vez”.

Y a los dos segundos lo demuestra. Sin mediar preámbulo, me relata las historias de su abuela croata, quien tenía tantos problemas con el idioma español que siempre confundía la palabra ‘beato con ‘bellaco’. “Solía decir: “Miguelito es tan bellaco que va todos los domingos a misa”. O también decía que alguien debía limpiar la virgen del prostíbulo, refiriéndose al vestíbulo”.

–¿En serio?¿Y nunca nadie la corregía? –le pregunto impresionada y vuelve a achinarme los ojos (con su típica sonrisa de El Show de los Libros) y me responde que no, que era tan ‘delicioso’ escucharla hablar que la dejaban equivocarse nomás. “Era una octogenaria sencillamente exquisita”, me cuenta en la terraza del lugar, y justo en ese momento una abeja perdida comienza a atormentarlo. Él la queda mirando fijamente y se cuestiona –en voz alta por supuesto– “cómo domar una abeja, cómo darle el golpe justo para aniquilarla deprisa”. “Quiero matarla pero no puedo”, se queja desesperado, y un segundo después se suman dos voladoras más chiquititas, y cuando él deduce que son sus hijas se arrepiente del crimen: “Me daría pena dejarlas huérfanas. Me sería imposible dañar a su madre. Insisto que hay que aprender a domar una abeja”.

Y luego, fiel a su carácter disperso cambia de tema y me confiesa que su peor defecto es la ‘pereza’. “Me gusta tenderme y echar a volar la mente hacia sitios imprecisos, buscando metas indefinidas cautivado por una emoción incatalogable, preso de una distracción irrefrenable”, me recita, y yo quedo tan impresionada con su verborrea de adjetivos que no puedo menos que decirle que es “muy literario para decir sus cosas”.

Eso hasta que de pronto surge una nueva distracción: pasa un cartero y se queda catatónico; lo queda mirando fijamente, como si hubiese hecho el mejor de los hallazgos, hasta que el hombre termina reconociéndolo. Al parecer a causa de su libro más famoso siempre engancha con ellos. “Me regalan estampillas, se fotografían conmigo y hasta me organizan reuniones”, me cuenta, y luego da un bostezo lo suficientemente grande como para dejarme más que claro que ya llegó su hora de recogerse. Tanta dispersión deja exhausto hasta al más estoico de los croatas.