Hombres

…Sebastián Ferrer

El peluquero me dejó de una pieza con su honestidad. En vez de hacerse el bueno, confiesa sin ningún tapujo lo que piensa. Por ejemplo, dice quererse mucho, que le gusta darse la mejor vida posible y que eso requiere de una gran cantidad de dinero.

  • Revista Mujer

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De un tiempo a esta parte Sebastián Ferrer (42) ha asumido un doble rol: por un lado es peluquero y empresario, y por otro, es director de la escuela de peluquería del Instituto Profesional AIEP, plataforma desde donde no tiene pelos en la lengua para decir todo lo que piensa. “Cuando hacía clases les lanzaba a los alumnos las cosas tal como son. Si encontraba que había alguno que andaba al estilo pokemón, por ejemplo, le decía altiro que con esa facha sólo iba a terminar asustando a la clientela. Una vez también les expliqué lo que de verdad creo, que en este país es tan importante la facha que siempre tienen más pega las flacas que las gordas”.

–¿En serio? ¡Qué carnaza! ¿Y no te dijeron nada? –le pregunto choqueada de verlo tan políticamente incorrecto, y me responde que esa vez dos gorditas se enojaron tanto, que partieron disparadas a plantar un sendo reclamo ante las autoridades máximas del instituto. “Fue, por decir lo menos, divertido. Pero a raíz de aquello decidí que no iba a enseñarles más y que quedaría con la dirección de la escuela y punto”, me dice con una risilla irónica que no deja de ser divertida.

Luego me confiesa las verdaderas razones que lo hicieron estudiar peluquería: la primera, porque quería hacer algo relacionado con la creatividad, y la segunda, porque –después de hacer un exhaustivo estudio de mercado– descubrió que ésta era la profesión que lo llevaría más rápido a ganarse su primer millón de pesos. “Tenía superclaro que quería lucas. Y no por ambicioso, sino porque siempre me he querido mucho y quería darme la mejor vida posible”.

–¿O sea que para ti la plata hace la felicidad? –le pregunto, y me explica que si no la hace, al menos la financia. “Siempre he creído lo mismo y no tengo ningún empacho en decirlo”, aclara. Luego me cuenta que piensa de esa forma porque de niño sufrió escasez: sus papás quebraron y tuvo que poner el hombro nomás. “Quedamos pobres y tuve que trabajar; lavé autos para ir al cine con mis amigos, vendí poleras en las ferias artesanales de Manquehue y así pude pagarme toda la enseñanza media… Y para más remate era el único de mi medio que trabajaba, ya que a pesar de que éramos pobres, seguíamos moviéndonos entre la gente de nuestro pasado de familia pudiente”, cuenta. Pero esto jamás lo acomplejó. “Nunca me sentí inferior. Si al resto de los niños les daba vergüenza que anduviera trabajando, el problema era de ellos, no mío. Además siempre tuve claro una cosa: que los chicos tenemos que ser choros, yo mido 1,69 y si no soy puntudo me voy a la cresta”, sentencia Ferrer, y luego sale disparado con su tenida blanca caribeña a atender a su próxima clienta, quien lo espera ansiosa en su nueva peluquería ubicada en el barrio El Golf.