Hombres

…Rodrigo Bastidas

Es el único contertulio que me ha confesado llevar una excelente relación de divorciado con su ex. Además, es tan desinhibido que tampoco tiene problema para hablar de sus tics nerviosos y sus placeres culpables.

  • Revista Mujer

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Este galán maduro de ojos claros hace poco se dio un lujo laboral: negarse a trabajar en la última teleserie de TVN, Martín Rivas, sólo porque quería tomarse vacaciones y porque ya estaba demasiado copado con su programa radial, sus proyectos teatrales y la dirección de la escuela de teatro de la Universidad Santo Tomás. “Les contesté que no, porque no podía, y porque en realidad la tele nunca ha sido mi primer trabajo”, afirma, y luego extrañamente se pone ultradifícil cuando le pregunto su edad. Finalmente me la confiesa, pero enseguida comenta que prefiere omitir sus 49 años, porque su mamá se enoja cuando se publican los años que tiene. “Le carga que diga mi edad porque entonces le sacan la cuenta a ella”, asegura, aclarándome, de paso, que él siempre ha creído que se ve muchísimo más lolito. ”No me veo como un típico gallo de esas décadas”, sentencia, con una seguridad en sí mismo a toda prueba. Y luego, con ese mismo aplomo, me explica ‘el ABC’ de cómo ha logrado convertirse en un divorciado ‘modelo’. “La verdad es que tengo una relación excelente con la María Elena (Muñoz). Tal como construí mi relación de pareja durante 20 años, también lo hice después de separado”.

–¿En serio?¿Y cómo se construye eso? –le pregunto extrañada, y me responde que “con mucha paciencia y fuerza de voluntad”. “Ambos hemos aportado con nuestro granito de arena a la nueva relación. No podíamos alejarnos porque teníamos dos hijos y una compañía de teatro completa funcionando”, me explica, mientras veo aparecer un extraño tic nervioso: Bastidas hunde repetidamente su manzana de Adán.

–Estás peor que Piñera –le digo, pero él sólo sonríe, aclarándome que no es algo nuevo, que lo tiene desde niño. “Lo heredé de mi padre y es irreversible, pero no tiene que ver necesariamente con que ande nervioso. De hecho, hay veces en que lo hago cuando estoy contento o aburrido. Lo controlo en el escenario, pero en la vida cotidiana me da lata, porque en el fondo me gusta, es algo rico, y placentero”. Y lo sigue haciendo. Yo intento distraerme, pero casi no puedo despegar la vista de su cuello.

Luego, y sólo por educación, le cambio el tema y le pregunto por su mayor placer culpable, que resulta ser el ocio. Le fascina no hacer nada. “Yo cambiaría mi vida mañana mismo por la del príncipe Carlos, que se levanta y queda desocupado”, confiesa, y de inmediato sale corriendo hacia la radio Infinita para hacer su programa, donde tiene licencia para lanzar cualquier pachotada. Frente al micrófono ha dicho, por ejemplo, que el gobierno debería venderles el país a los franceses. “Una vez lo dije en broma, y aunque se levantó una polvareda tremenda nadie me sacó de la radio”. Y lo recuerda con una sonrisa tan sincera, que no me queda más que pensar que aquello fue otro lujo más de los que se ha dado en su carrera.