Hombres

…Fabrizio Copano

Tal como dice la canción, él sólo quiere ser mayor. Tener cuarenta años y juntarse a contar chistes con los de esa generación. Pero no le resulta porque tiene una cara de cabro chico que no se la puede. También es fatalista como nadie. Siempre que le va bien, cree que lo perderá todo.

  • Revista Mujer

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Aunque Fabrizio Copano sólo quiera jugar a hacerse el mayor, cuando una conversa con él nota de inmediato que sólo es un cabro chico de 21 años. Lo condena casi todo: desde su vestimenta de teenager absoluto –con jeans gastados y zapatillas con cordones desabrochados– hasta su manera impulsiva de hablar. Pero a pesar de ello, afirma que su mayor anhelo es tener cuarenta años. “Es la edad ideal. Les creo a los cuarentones, me merecen respeto; mi generación vale callampa, sólo piensan en tomar cerveza y estar carreteando todo el día… Lo malo es que igual me veo tan niño que he pensado en dejarme barba para representar más años”.

–¿En serio? ¿Y piensas que realmente funcionaría? –le pregunto. De inmediato me responde que no; que cree que lo único que lograría con barba sería más aspecto de sucio que de viejo. “Me vería como un joven mendigo. O peor, como una especie de niño náufrago que no ha tomado una ducha desde hace mil años”, me dice. Luego me confiesa otro de sus mayores traumas: que siempre ha creído que la ‘buena racha’ laboral le durará menos que un candy, y que inevitablemente fracasará en la vida. “Soy tan inseguro que cada vez que me empieza a ir bien, pienso que lo perderé todo y que me despedirán y no ganaré ni un céntimo más en la vida. Por lo mismo es que no gasto nada y guardo toda mi plata bajo el colchón”.

–O sea que eres un avaro –lo increpo, y me confiesa que sí, que hasta le da tirria pagar algo tan básico como su cuenta de celular. “Prefiero cargarlo con tarjeta y así me sale casi gratis”, me dice. Yo casi no le puedo creer. Como tampoco le creo mucho lo de su supuesta ‘inseguridad’, porque a pesar de llevar varios fracasos en el cuerpo, como el programa El Hormiguero y su brevísima pasada por la radio FM HIT, entre otros, aún no se rinde. “Me sobran las ganas de trabajar. Aunque debo admitir que de todos los lugares donde he estado, donde peor lo he pasado, lejos, fue en la radio. Allí descubrí cómo era verdaderamente el mundo: horrible, lleno de pequeñeces y ordinarieces… Me costó un mundo conseguirme un espacio y cuando finalmente lo logré, me fregó una mina que no le había ganado a nadie”, me cuenta, mientras deja su servilleta fulminantemente reducida a trocitos. De paso me explica que eso, lo de destruir servilletas, es una de sus manías. “Será”, le digo, y pasamos a un tema más sabroso: su mala suerte con las mujeres que lo persiguió hasta hace muy poco. “A mi primera polola la conquisté a punta de puro esfuerzo. Le daba el gusto en todo y me sentía tan inseguro frente a ella, que cada vez que nos íbamos a juntar, escribía chistes, para que no me encontrara ni perno ni fome. Era supertriste porque aparte de escribirlos, me los tenía que aprender de memoria. Y a veces hasta ocupaba torpedos. Pero después, cuando me hice conocido, igual no más la pateé, porque quería estar solo para agarrarme minas como nunca antes lo había hecho”.

–¿Y te resultó? –le pregunto. Y me responde que no, que finalmente la libertad no le sirvió de nada, porque “no me agarré ni a media perdiz”.