Moda

El jeans Fiorucci


  • Revista Mujer

Compartir vía email

Los jeans Fiorucci fueron los favoritos

de las quinceañeras
durante toda mi adolescencia. Todas los preferíamos
porque nos formaban una muy linda cintura y un increíble
trasero. Tanto a las dotadas, como a las que no lo éramos
tanto, nos favorecía su característico corte alto hasta la cintura.
Eran increíbles porque una se los ponía y de inmediato
se sentía bien. Y quizás por lo mismo, con mis compañeras
vivíamos yendo al Apumanque para probarnos cada nuevo
modelo que llegaba a la tienda. A veces hasta hacíamos la
cimarra para pasar más tiempo en el centro comercial. Las
vendedoras ya nos conocían y nos trataban con la punta del
pie, porque generalmente salíamos con las mismas manos
vacías con las que entrábamos. Y es que comprarse un jeans
Fiorucci no era cualquier cosa. Eran bastante caros y una a
lo sumo contaba con tres en su clóset. Si alguna tenía más,
era porque sencillamente estaba haciendo chanchullo; porque
se había comprado uno barato en Patronato y luego le
había cosido la marca. Pero aquellos eran fácilmente identificables:
la marca nunca quedaba bien puesta y además el
corte se veía falso, porque el de los Fiorucci era único.
En la Navidad del 88 yo sólo quería que me regalaran uno.
Había logrado adelgazar más de nueve kilos y los que ya tenía
me quedaban demasiado grandes. Se me veían tan bolsudos,
que mi nueva figura se perdía sin pena ni gloria. Y se los pedí
a mi mamá (porque ya para ese entonces evidentemente no
creía en el Viejo Pascuero). Ella en un comienzo accedió, pero
al poco rato me puso una condición más que difícil de cumplir.
Me exigió que terminara con promedio cinco en matemáticas.
Yo quedé de una pieza. Como un velero varado en
el océano. De hecho, en lo que iba del año no me había sacado
ni un solo azul. Por ese tiempo, recuerdo, estábamos
pasando trigonometría y yo no le entendía ni media palabra
a la profesora. Para mí era igualito al chino. Pero tenía tantas
ganas de adquirir mis nuevos jeans Fiorucci que igual comencé
a ponerle manos a la obra al estudio. Siempre con la secreta
esperanza de que lo lograría. Pero las cosas no fueron tan
sencillas. Como bien decía mi profe, las matemáticas requerían
de base, y como yo no tenía ni media, me di mil veces
contra la pared intentando aprender nuevas fórmulas. Por
más que me quemaba las pestañas me seguían lloviendo los
rojos. A veces era tal mi incomprensión que ni siquiera sabía
lo que me estaban preguntando. Mi inminente fracaso podía
olerse a kilómetros.

Entonces decidí cortar por lo sano.

Si no era por las buenas, tendría que ser por las malas, me
dije a mí misma. Desde ese preciso momento comencé a
copiar a diestra y siniestra sin ninguna culpa. Mejoré sustancialmente
mi promedio y estaba feliz. Además, el panorama
me favorecía: una de mis mejores amigas era la más estudiosa
del curso y no tenía ningún reparo en mostrarme sus
pruebas. Las cosas no podrían haber andado mejor. Pero la
profe tenía que necesariamente intervenir. La muy vivaracha
lo planeó todo desde un principio. Esperó hasta el último
momento para jugarse su mejor carta. Fue allí, en la prueba
global, en la instancia donde se definía todo, cuando me
sentó al lado de la más porra del curso, dejándome con las
manos completamente atadas. El resultado no pudo ser peor:
no sólo acabé con rojo, sino además sin ninguna esperanza
de adquirir mis Fiorucci. Al menos por ese lado, claro, porque
luego, gracias a una vuelta del destino, igual me terminaron
llegando: ese año hubo un misterioso incendio en el
Apumanque que dejó casi toda la mercadería de las tiendas
dañada y a un precio tan bajo que hasta yo, con mi modesta
mesada, pude adquirir dos ‘ahumados’ pero aún en buen
estado jeans Fiorucci, y quedar feliz de la vida.