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Hoy:El Quik de frutilla


  • Revista Mujer

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Cuando era chica me gustaba tanto el Quik de frutilla que si se acababa, simplemente no tomaba leche. Por aquel entonces tenía sólo siete años y alucinaba con el conejito de la publicidad. Me encantaban sus dientes enormes y su forma tan simpática de hablarles a los niños. Era ultrapersuasivo. Lo bastante como para convencerme de que no podía vivir sin él.

De hecho un tarro me duraba a lo sumo una semana porque o le echaba más de tres cucharadas soperas a cada leche o, a veces, me lo comía seco. Por lo mismo mi mamá usualmente me decía ‘chanchulina’. Pero le daba miedo esconderme el tarro de Quik, porque sabía que el escándalo que se le vendría encima iba a ser inmenso. Mi Quik era sagrado y punto. El tiempo en que me agarró con más fanatismo fue durante un año en que nos fuimos a vacacionar en carpa y nada salió como esperábamos. Fue el verano de los insectos. Había toda clase de ellos y yo les temía más que a nada. Por la noche me molestaban los grillos. Los cantos infernales de esos malditos apenas me dejaban dormir. A veces era tal mi desesperación que salía de la carpa en plena madrugada a cazarlos con el desodorante spray de mi mamá. Después hacían su aparición los zancudos… Y cuando salía el sol llegaba la hora de los tábanos, esos malnacidos negruscos que me perseguían por doquier. Incluso cuando iba a bañarme al río, ahí estaban ellos, zumbando de a docenas, prestos a atacarme. En medio de toda esa desventura el único consuelo era mi tarro de Quik… Pero una mañana lo dejé entreabierto en mi carpa después de haberme engullido como veinte cucharadas. Cuando volví tuve que presenciar el peor de los espectáculos: estaba negro-negro de tantas hormigas. No me quedó más remedio que botarlo. A partir de ese momento sólo quería marcharme de aquel lugar.

Pero como aún nos restaban dos semanas de camping, tuve que cranear un malévolo plan para aguar las vacaciones: decidí autoprovocarme una gripe. Esa era la única manera de convencer a mi mamá de volver a Santiago. Hice lo imposible por enfermarme: me acostaba con el pelo y el traje de baño mojados, pasaba horas bajo el agua helada del río, caminaba a pie pelado en plena madrugada. Pero por más que me esforcé, no aparecíó ni un solo estornudo. Gracias a un niño que también andaba de camping descubrí que la mejor forma de elevarme la temperatura era pisando cáscaras de plátanos. Lo hice y logré la atención de mi madre, pero la fiebre duró tan poco que seguimos igual las vacaciones. Eso sí, de todo lo malo salió algo bueno, porque al menos conseguí que unos vecinos de campamento me regalaran un tarro nuevo de Quik. Con ese gesto se me arregló bastante el panizo.