Hombres

…Martí­n Cárcamo

El animador no sólo dice ser el único 'rucio natural' de la tele, además cuenta que es supersociable y 'seco' para el carrete.

  • Revista Mujer

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A sus 36 años Martín Cárcamo parece tan seguro de sí mismo que le importa un bledo lo que le digan. Hasta las duras críticas de Larry Moe, quien escribió que ya estaba ”veterano” para animar el juvenil programa Calle 7, le resbalan. “Me lo tomo a la risa nomás. Ya me ha dicho demasiado: que me tengo que ir de la tele, otras veces que soy un animador excelente y así se las pasa, de un extremo al otro”, me comenta, exponiéndome sus bucles amarillentos que lucen lustrosos y brillantes al sol y que me late son teñidos.

Pero él en dos segundos me aclara que es el único “rucio natural” de la tele. “Te juro por Dios que no soy teñido ni ayudado. De hecho cuando llegué a mi primer canal sufrí una seudodiscriminación por ser rubio. Me tacharon de hijito de papá y de cuico”.

–¿Y tú no tienes ni un pelo de cuico, verdad? –le pregunto, yme responde que no, que es “entero huachaca”, y además, ultrasociable, carretero y fanático del Liguria; tanto que fue allí donde le propuso matrimonio a su actual mujer. “Lo hice a la séptima caipiriña. Y es que ya con tantas caipiriñas en el cuerpo, cualquier cosa le podía pedir”.

–¡Ay cómo eres! Para qué te haces el interesante, si apuesto que lo tenías entero calculado –lo increpo, y él se muere de la risa, admitiéndome de un zuácate que desde que la conoció se quiso casar con ella. “Lo tenía superclaro. En realidad siempre he tenido todo claro en la vida. Si elijo algo no cejo hasta conseguirlo. Quería ser animador y lo fui. Y aunque he pasado por momentos superduros en la tele, como el abrupto término de Rojo o el año completo que estuve sin pantalla en Chilevisión, sé que me quedaré por mucho más tiempo en este negocio”, me dice con tal convicción, que no me queda más remedio que creerle.

Pero lo que sí no le creo es que algún día abandone su peor vicio: el cigarrillo. Fuma más de una cajetilla diaria y me promete que está dispuesto a hacer cualquier cosa por dejarlo, incluso a hipnotizarse. “A partir demarzo me hipnotizo. Te juro que lo hago. Ya no puedo seguir más así. Si empiezo a las seis de la mañana, poh”, comenta, mientras prende el duodécimo del almuerzo. Paradójicamente, me cuenta que lo que más detesta en la vida son los ceniceros llenos de colillas. “Nunca los he soportado. Debe ser porque cuando era chico tenía un tío (ya muerto) que me contagió ese odio. A él le provocaban tal repulsión, que me pagaba hasta diez lucas por botárselos. Era multimillonario y podía darse esos lujos”, me cuenta, consciente de que jamás va a tener otro pariente que le suelte tan fácil los billetes. “Esa suerte uno la tiene una sola vez en la vida”.