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Jugos Fla.Vor.Aid

Cuando era chica, los jugos más populares eran los Fla.Vor.Aid. Se preparaban de manera instantánea y no faltaban en los almuerzos de mi casa. Tenían un sabor inconfundible: tan dulces y ricos –casi como un jarabe– que una no podía dejar de tomarlos. Yo me hice fanática. Lo bastante como para terminarme una jarra completa […]

  • Revista Mujer

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Cuando era chica, los jugos más populares eran los Fla.Vor.Aid. Se preparaban de manera instantánea y no faltaban en los almuerzos de mi casa. Tenían un sabor inconfundible: tan dulces y ricos –casi como un jarabe– que una no podía dejar de tomarlos. Yo me hice fanática. Lo bastante como para terminarme una jarra completa o engullirme el polvo en seco desde la propia palma de mi mano, a hurtadillas, en un rincón de la despensa. Mi mamá solía guardarlos ahí y desde el mismo día en que comencé a visualizarlo como negocio, los empecé a robar por montones.

…Mi empresa consistiría en vender helados Fla. Vor. Aid en la plaza de mi barrio.

Ese verano, recuerdo, hacía tanto calor que la única forma de paliarlo era, literalmente, congelándose la lengua. La propia conductora del programa Cocinando con Mónica me lo había enseñado. Un día prendí la tele y me la encontré, de lo más sencilla, con su delantal rojo tras el mesón, poniéndole jugo de frambuesa a una cubeta (y un palito en el medio de cada cuadradito) y dictaminando que esa era toda la ciencia para preparar helados de agua. Luego sacó los cubitos ya hechos del refrigerador y a mí se me grabó para siempre la idea de convertirme en heladera. El bichito de la ambición me había calado hasta lo más profundo. De inmediato llamé a mi vecina para poner manos a la obra. Para mí no existía mejor forma de ganar dinero que vendiendo mis jugos favoritos congelados. Mi vecina se entusiasmó aun más que yo, jurándose empresaria y esbozando una tontería tal como esta: que el negocio heladero sería el puntapié inicial para comenzar su fortuna y así se convertiría en una Chicago girl de tomo y lomo. Por aquella época estaban ultra demoda los Chicago Boys y no faltaban los ‘ilusos’ que sólo querían convertirse en uno de ellos. Nosotras estábamos seguras de que nuestros jugos Fla.Vor.Aid se venderían como pan caliente.

Comenzamos a hacerlos y quedaron francamente deliciosos. Un poco deformes eso sí (porque las cubetas eran medio chiconas), pero refrescantes como nada. Pretendíamos comercializarlos a cinco pesos en la plaza demi barrio, pero por una fatalidad del destino no llegamos a venderlos. Todos se derritieron antes de tiempo. Hacía más de 34º de calor y fueron incapaces de resistir nuestro precario taper de plástico.

Fue verdaderamente lamentable. Peromás tremendo fue tener que escuchar los estrepitosos sollozos de mi vecina. La muy ambiciosa se puso a chillar desesperadamente y no cesó hasta que le propuse una nueva idea de negocio: que vendiésemos vasitos de jugo seco (Fla.Vor.Aid, por supuesto) listos para preparar. Y aquello sí que fue negocio redondo, ya que no faltó el niño que quisiese hacerse su propio jugo, con el agua potable de las piletas de la plaza.