Hombres

…Tomás Vidiella

Sigue siendo el de siempre. Amante del teatro, lobo solitario y gozador. Aunque esconde su edad, no tiene pudor en admitir que su mayor placer culpable es comprar autos de lujo.

  • Revista Mujer

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No me imaginé que el actor Tomás Vidiella fuera tan pretencioso: se viste a la moda, mira su reflejo en cada vidriera y esconde su edad. Sí, se niega a decirla y entrega solamente una vaga y graciosa aproximación. “Mira… Sólo te puedo decir que tengo más de 50 y menos de 100. Da lo mismo la cifra, todo está en la cabeza, ¿cachái?”.

–Mmm… Pero eso es como si no me dijeras nada, ¿al menos tienes edad para que te tutee, cierto? –le pregunto, y si bien me lo permite, yo ni por un segundo despego la vista de su albo cabello, al más propio estilo del Viejo Pascuero.

Luego comenzamos a hablar de televisión. Me cuenta que en la teleserie Corazón Rebelde, de Canal 13, ha tenido que apretarse duramente el cinturón. “Es tan bajo el presupuesto que tenemos, que me las he tenido que barajar con un único terno negro y nada más. Pero para aparentar que soy un tipo muy rico con un gran clóset, lo combino con todo tipo de camisas y corbatas para que me cunda”, dice con una risilla un tanto irónica y sarcástica, casi igualita a la que generalmente utiliza en sus apuestas teatrales. Y es justamente allí, en el teatro, donde ha quemado la mayoría de los petardos de su vida. “Todo mi amor se lo he entregado a las tablas. Ni siquiera me he dado el tiempo para mis relaciones amorosas. He tenido que ceder una cosa por otra. De hecho, todas mis parejas terminan dejándome por lo mismo, porque finalmente he preferido el arte. La parte afectiva me ha quedado definitivamente coja”.

–¿O sea que a veces igual te sientes solo? –le pregunto, y aunque responde que sí,me aclara que esa “sensación” ya la ha aprendido amanejar–. “Toda mi soledad la he ahogado con independencia. Si me siento solo, por ejemplo, no alcanzo a deprimirme, simplemente tomo un avión y llego a Europa o a Nueva York”, comenta.

…Y después pasa un cantante ambulante, que Vidiella espanta de una sola mirada. Encuentra muy ruidosas y molestas ese tipo de manifestaciones. También se atreve a demostrar sus placeres culpables. De hecho, espontáneamente me confiesa que a todas luces el más vistoso de ellos es amar los autos de lujo. “Son mi debilidad, es en lo que más gasto. Me gustan los Jaguars, y los Porsches… Me alegran la vida, me sacan de la tristeza. El Jaguar que ahora tengo, por ejemplo, me lo compré en una etapa en que estaba ultradeprimido y me ayudó bastante; me subió el ánimo, me acompañó y me abrigó”, cuenta, y como soy tan patuda, de inmediato le pido que me convide a dar una vuelta. Nos subimos, y aunque mil veces me insiste que “desde ahí la vida se ve diferente”, yo no le encuentro ninguna gracia al paseo. Al parecer no tengo sensibilidad para tanto lujo.