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La chapita de Los Cazafantasmas

Leo recuerda que usaba todos los días su chapita de Los Cazafantasmas después de ver la película.

  • Revista Mujer

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Desde que vi la película, aluciné y comencé a ocupar todos los días mi chapita de Los Cazafantasmas. La cinta me encantó, porque a pesar de que se trataba de fenómenos sobrenaturales, no me causó nada de miedo. Al contrario, me maté de la risa. Era muy graciosa, especialmente en las partes donde aparecían espectros en los lugares más insólitos: bibliotecas públicas, taxis, buses y hasta en plazas de niños. O sea, en sitios netamente urbanos de Nueva York, una ciudad que se había portado tan mal durante los 80 que merecía una invasión de fantasmas.

Ése era el mensaje esencial de la película. Y al menos a mí me llegaba hasta lo más profundo, porque al igual que ellos, yo lo único que quería era combatir a los malos. Para aquel entonces el mal reinaba en mi casa personificado en mi nana. Ella lucía casi idéntica al “hombre de malvavisco” del filme. Tenía las mismas caderas descomunales y el mismo rostro blandengue y descolorido. Además, también era pérfida. Realmente le temía. Tanto, que bastaba con que me mostrara la mano en posición de palmada para que me dejara temblando como una enclenque hoja de otoño. Ella practicaba brujería y yo, personalmente, le había descubierto varias muñequitas con alfileres en su pieza. Estaba segura de que no las utilizaba para nada bueno y, por lo mismo, comencé a cuidarme. Me protegía con mi chapita, que había canjeado en una promoción de la Coca-Cola en el 84. En ella se leía: “¡Cuidado!, soy un cazador de fantasmas” y, según yo, anulaba cualquier tipo de maleficio. De hecho, confiaba tanto en su poder que cada vez que me topaba con mi nana, la apretaba como quien aprieta un crucifijo.

Estábamos en pie de guerra, eso era innegable. Y yo, al igual que Los Cazafantasmas, jamás me daría por vencida. Tenía que erradicar a la “mujer de malvavisco” de mi hogar y estaba dispuesta a todo para lograrlo. No tenía límites: a veces le salaba la comida para que mi mamá la retara; otras, le tocaba una campanita infernal para que viniera a servirme; y para rematarla, a cada rato me aparecía en la cocina de sorpresa y le gritaba: “¡Ghostbuster!”, para asustarla. Sospecho que aquello era lo que más le molestaba. O tal vez no. Pero la cosa fue que mis planes finalmente dieron resultado. Una tarde anunció su partida. Lo recuerdo como si fuera hoy. Entré a la cocina y ahí estaba ella. Sentada en un rincón, frente a mi mamá, llorando y diciéndole que yo era, lejos, la niña más perversa del mundo.

Lo peor de todo fue que mi mamá le encontró la razón. De inmediato me quitó la chapita y no me dejó ver más películas de espectros, para que no siguiera “alucinando”. Pero la nana igual se fue. No sin antes esconder un tenebroso recuerdo bajo mi cama: una horripilante muñequita con alfileres, que era idéntica a mí y que dejaba completamente claro que, después de todo, sí era una bruja y no una santa como juraba mi mamá.