Columnas

Tres son exactitud

Quisimos que fueran tres y que estuvieran cruzadas por distintas experiencias. Las queríamos como espectadoras de distintas “televisiones”, revistas y diarios. Necesitábamos mujeres de ojos grandes, presentes en tres décadas, para intentar responder una sola gran pregunta: ¿Cuánto hemos cambiado en 35 años? Andrea Vial –directora de la Escuela de Periodismo de la Universidad Alberto Hurtado–, Carolina Urrejola –periodista de Canal 13–, y Totó Romero –columnista por años de publicaciones femeninas–, se aproximan con su exactitud a esta parte de la historia.

  • Revista Mujer

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Delantales y neuronas

Por: Andrea Vial

Cuando yo era niña, mi madre –a quien adoro–me castigó por manchar mi delantal almidonado con caqui. Desde aquel día no he vuelto a probar esa fruta que deja la lengua áspera. Que yo recuerde, a mi hermano se le permitía andar medio entierrado y nunca lo hicieron dormir con tiritas de sábanas viejas amarradas al pelo para conseguir unos bucles seudo naturales que yo lucía entre vacas y chanchos y, con suerte, frente al párroco de Melipilla. Ese mundo era lento, rutinario y acogedor.

Cuando fui adolescente, mi mamá me dejó andar a pata pelada por Providencia. Mi pequeño gesto revolucionario no la impactó mucho, y sabiamente decidió esperar unos días hasta que el calor de las veredas se me hiciera insoportable. El país estaba un poco loco, la ciudad hervía de protestas y los sueños y discursos se mezclaban con el rock, el pelo largo y la experiencia de llevar una mini sin mostrar lo que había debajo. Y después se acabó la fiesta. Y empezamos a odiarnos sin contemplación. Formo parte de la generación dividida, la que arrastró por años la mochila de tener que definirse en uno u otro bando, la juventud que se hizo adulta en un Chile sinmatices, la que hoymuchas veces tiene que dar explicaciones. De algún modo la vida estaba trazada y los costos de asumir riesgos eran claros y predecibles. Las mujeres éramos frescas o mojigatas, derechistas o raras, habilosas (nunca inteligentes) o tontonas, fomes o pintorescas, tomábamos vino con naranja o primavera, y cuando algún pariente viajaba, encargábamos Rayito de Sol a Buenos Aires. Creo que en muchos aspectos éramos felices. Íbamos poco al sicólogo, jamás habríamos acusado al jefe de acoso, nos invitaban a bailar, nos pagaban la cuenta, leíamos a Hesse y pensábamos que Isabel Castro, de Música Libre, era lo más sexy de la pantalla.

Todo cambió tan rápido. Y todo indica que el ritmo de aceleración irá en aumento. Si en los sesenta la píldora ayudó a liberar a la mujer, hoy existe un arma mucho más potente para profundizar ese proceso. La tecnología, y particularmente la banda ancha, no sólo está democratizando la cultura, sino también dándoles la oportunidad a las mujeres de participar en la toma de decisiones de una sociedad que pide a gritos un poco más de cordura, contención y mirada reflexiva. Por eso es tan importante no desaprovechar esta ventana histórica. Si alguna inversión vale la pena hoy, es cultivar la inteligencia. Internet está allí para eso. Es un espacio para aprender, dialogar, comprender y participar. Estar conectados nos permite ser más diversos, escuchar otras conversaciones y entender que el mundo allá afuera es atractivo por sus diferencias.

Apostar a la inteligencia es jugársela por la vanguardia, la creatividad, la armonía, la inspiración y el espíritu. Que la frivolidad de la silicona no aplaste la seducción de las neuronas. Porque está claro que no hay nada más conservador y pegado en el pasado que intentar conquistar con el cuerpo. Lo cool, lo fascinante, lo verdaderamente aportador es convencer con la razón. Imaginemos, entonces, la potencia de un país que, sin olvidar que los delantales almidonados serán siempre de una singular belleza, agrega a esa poesía femenina la solidez de una cultura integradora, que pienso sólo se consigue conmujeres que se apasionen por cultivar lo que hay en su cabeza.

Mina, a mucha honra

Por: Carolina Urrejola

Tengo un amigo que me compadece por ser mujer. Y que no se convence cuando le digo que, de haber podido elegir, elegiría mil veces ser mujer. Tremendo lugar común, lo sé, pero es lo primero en que pensé cuando me pidieron escribir a propósito de los 35 años de la revista Mujer que nació en 1974, el mismo año que yo.

Reconozco que hubo épocas de mi vida en que anhelé haber nacido hombre. En mi familia somos tres hermanas y yo soy la menor, así es que supongo que siempre he tenido la sensación de que mi pobre padre esperaba un varón. En la práctica, he cultivado ciertas actitudes masculinas para compensarlo. Pero por más que me esfuerce en actuar en determinadas circunstancias como macho, sigo siendo irremediablemente mina.

El mundo de las mujeres tiene más color. Más calidez y más matices. Soy yo la que compadece a los hombres por estar obligados –cada vez menos eso sí– a mostrarse viriles, en control y dominantes. Ser mujer es mejor que ser hombre, principalmente (y sin ánimo de generalizar ni de ofender), porque tenemos mayor capacidad para habitar varios mundos a la misma vez.

Pero no todo es miel sobre hojuelas. Primero, lo político: como dijo brillantemente Susan Sontag, las mujeres seguimos siendo –bajo todas las variables, excepto la numérica– una minoría. Imagino que las mujeres del futuro mirarán con sofisticado desconcierto un tiempo (hoy) en que nuestros derechos eran atropellados diariamente incluso en sociedades con vocación democrática, como la nuestra.

Sigo sin comprender cuál es la gracia de los chistes sexistas. Me impacta que en pleno año 2009 Chile siga siendo un país que menoscaba a sus mujeres. Me choca constatar cómo en época de crisis económica la publicidad se vuelve triplemente machista, y comercial por medio, las mujeres quedamos como taradas. Amigos del rubro me señalan que esta es una respuesta habitual frente a períodos recesivos. Aprovecho de celebrar el trabajo de la Ministra Sernam del actual gobierno, que se ha tomado en serio un asunto serio.

Comprendo que estamos iniciando una nueva era. La igualdad entre hombres y mujeres es un consenso mayoritario. Pero lamento que aún estemos pagando el precio de haber sido invisibles durante siglos. Lamento la enorme cantidad de talento femenino perdido. Al mismo tiempo, siento que el mérito de las mujeres está lejos de medirse sólo en lo público. Una de las habilidades más fantásticas del género se revela en los mundos privados. Calor, amor, sensualidad, crianza. Desconocer estas virtudes omirarlas como una imposición es ridículo.

Puede parecer un acto fallido hablar de las mujeres a partir de las diferencias con los hombres. Quizás sería más pro hablar de lo mucho que hemos avanzado en estas últimas tres décadas ymedia y hacer como que los hombres no existen, pero no tiene sentido. No se trata de ir por la vida con el manifiesto feminista en lamano, pero exigir nuestro espacio en la sociedad es una obligación colectiva. Reconozco que se me aprieta la guata cuando veo televisión con mi hija y aparecen todas estas muchachas estupendas representando un rol pobre e incompleto, sólo para satisfacción masculina. Y tengo claro que las “mujeres objeto” son poquísimas en comparación con la inmensa mayoría de mujeres chilenas que las hacen todas y, además, se preocupan por estar bien y permanecer atractivas. Sí es alarmante cómo en los sectores más pobres la depresión femenina cunde.

Ahora, hay que decir en justicia que hay muchísimos rasgos del género que son insoportables. Las virtudes están claras, hablemos de nuestros pecados. Hemos perfeccionado la manipulación durante milenios, sabemos exactamente cuándo derramar una lágrima, tenemos una histórica tendencia a la histeria y la neurosis, en fin. Confiamos en lo imprescindibles que somos en el diseño social y nos aprovechamos de eso con maestría.

El pecado femenino por excelencia, dicen, es la vanidad. Pero es un pecado que se paga con sudor y lágrimas. Yo admiro a las mujeres que son disciplinadas con las rutinas de belleza. Las desprecio cuando se vuelven frívolas, pero las envidio profundamente cuando son capaces de cumplir con la limpieza de cutis, el masaje, el gimnasio, la manicure, la pedicure, la depilación, la actualización de cremas y maquillajes, el tratamiento capilar y la renovación del guardarropa. Más aún si son capaces de disfrutarlo.

A mí todo eso me parece una condena. Porque no sólo es aburrido y toma un tiempo que podría ser mucho más productivo, también porque muchos de estos procedimientos son dolorosos. Yo he llegado a jurar frente al espejo que nunca jamás volveré a sacarme las cejas con pinzas. Con los ojos inyectados de rabia y dolor. Ahí es cuando vuelvo a recordar mi anhelo de ser hombre. Pero se me pasa rápido. Mina, y a mucha honra.

La evolución de la mater sapiens

Por: Totó Romero

La ciencia médica aún no descubre a un recién nacido prematuro de 3 o 4 kilos de peso, pero hace medio o un poco más de siglo, aquello era bastante frecuente entre “niñas bien”. Éstas, en el calor del enamoramiento, se embarazaban anticipadamente del novio, se casaban “apuradas” -como se decía entonces- con el traje nupcial apretándoles la guata a reventar y daban a luz a los normales nueve meses. Sólo que el honor familiar y de la propia susodicha exigía que se lo tildara de prematuro.

Esta situación resulta –con razón– prehistórica a las hoy centenares de mujeres solteras que tienen sus guaguas de un novio presente o a tales alturas ausente, porque la pareja no funcionó y siguen por la vida felices con sus criaturas, las que, eso sí, llevan apellido de padre y madre, previo caballeroso reconocimiento de aquél. Y es que en muchos gloriosos casos, siguen en cercana relación con aquellos hijos del ex-amor.

Para que vea usted cómo ha evolucionado –en este caso para requetebién – la existencia femenina chilensis y, seguramente, internacional. Con excepción de los países orientales, claro, donde a las infieles se las mata a las pedradas de su ciudadanía.

Mire nomás a nuestra queridísima, admiradísima, genial y adorable Delfina Guzmán, quien desenamorada de su marido arquitecto, lo plantó con sus dos hijos incluidos y partió con el nuevo amor a Concepción, a cultivar los intereses teatrales que albergaban ambos. Que aquello no haya sido eterno es lo de menos. Importa la autenticidad de la acción en su momento.

En 1967 nace en Chile revista Paula, y trae consigo la revolución. Basta recordar la entrevista a “Una Mujer Infiel” en una de sus primeras ediciones y en la que quedaba plenamente justificada y hasta ensalzada –con razón– por ello. Naturalmente aquello indignó a las machistas, enemigas de la publicación desde su aparición. Tal cual insultaban por correspondencia a Isabel Allende, cuyo “Civilice a su hombre” las sacaba de sus casillas. E Isabel, entonces, se quejaba: “Mis enemigas escriben que debo ser una solterona, grandota y pechugona”, en circunstancia que tengo dos hijos, mido metro y medio y de pechugas nada, ¡pero sí un feroz culo!”.

Continuando con la revolución, muy liberador resultó la filosofía que se iba imponiendo poco a poco: eso de que los hombres también lloraban si un gran dolor los aquejaba; o que sí podían (y debían)mudar a su guagua si la mamá estaba en otra; o que sí les honraba hacer el aseo casero los sábados que no tenían oficina y aquella había ido a la peluquería u otro menester personal. Para el mármol quedó lo de Chelo Eluchans, cuando mucho más tarde la escuché declarar en público que si ella veía a su hombre de escobillón o escoba en mano, se le acabaría de golpe e irremisiblemente el amor por éste (muchas le dieron la razón).

Ese mismo año 67 nace la píldora anticonceptiva: ¡Gran liberación de las mujeres que ya no vivirían con el sanbenito del embarazo al hacer el amor! Y gran escándalo –¡otra vez! – de las santurronas de siempre, cuando la revista se abanderizaba por las mismas semanas con el aborto terapéutico existente y repudiaba la idea de suprimirlo en las altas esferas políticas. Lo que más tarde haría Pinochet.

En el tapete –también por entonces– se asientan de a poco pero insistentemente, las relaciones pre-matrimoniales. O sea, la conveniencia de que la pareja conviva antes de acudir a altar, y a lo que más de un sacerdote progresista –ignaciano, por cierto – dio su visto bueno en el confesionario y a viva voz. Se hizo un reportaje en esa época a docenas de parejas, algunas a las que la convivencia les reforzó el amor, y otras, que se dieron con los trastos por la cabeza.

Y así vamos evolucionando las mujeres: ahora aumentando por docenas el ingreso a las universidades para estudiar seriamente carreras tan exigentes como medicina o ingeniería. La seriedad estriba en que no es cuestión de abandonar al año la carrera por el matrimonio, como era la mala costumbre. El propio periodismo de revistas femeninas ya no era reportear recetas de cocina o cuidados de guaguas, sino meterse en camisas de muchas varas, donde se lucía –por ejemplo– una Amanda Puz, quien más tarde, con la dictadura, debía abandonar el país y establecerse en Francia. Hoy ella enseña allí Literatura Latinoamericana, creo, y sus dos hijas son reales ciudadanas galas.

Hay un broche de oro en todo esto: hoy, si la mujer tiene un trabajo mejor remunerado que su marido, en varios casos conocidos, él se queda en el hogar como dueño de casa –cuidado de los niños incluido – y ella da a diario su batalla en el campo laboral. Es claro que hay que amarse mucho para que la pareja permanezca unida en situación así, pero piense usted que estamos hablando en las cercanías del Bicentenario. La evolución ha sido contundente y ¡mire que excelente ejemplo tenemos de esto!: La mismísima Presidenta de la República, Michelle Bachelet Jeria, cuya popularidad ha rebasado todos los procedentes históricos.