Columnas

Te conozco mosco

Sonia cuenta lo que su abuela le enseñó para "el arte" de elegir empleada: no puede ser demasiado joven y menos bonita.

  • Revista Mujer

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Mi abuela paterna odiaba la explotación del hombre por el hombre. Era una adelantada, una señora progresista de las siete décadas. El problema es que no podía vivir sin alguien al lado para satisfacer su más mínimo capricho de señora cómoda. Esta contradicción vital –tener conciencia social y nostalgia por la esclavitud– la solucionó sentando a la nana en su misma mesa, compartiendo la misma teleserie, cuchicheando los mismos chismes.

Pero la línea que divide el paternalismo del desprecio es tan delgada como la que separa la confianza de la patudez.

Un buen día la famosa Claudina se sublevó. “Te conozco mosco”, le dijo la empleada a mi abuela. Lo hizo con el tono intrigante de una espía internacional mientras le servía una segunda taza de té. Claro, la Claudina le conocía todas sus mañas, secretos y pecadillos. Por eso, el “te conozco mosco” le pareció tan aterrador que no supo qué contestar. Se reía y la celebraba. Pero nunca reveló el origen del incidente.

Detrás de su buen humor se escondía el pavor de haber descubierto que la Claudina era una mujer con PODER. Me refiero al poder que otorga conocer la intimidad de los otros.

Estos recuerdosme asaltan cuando faltan pocos días para que se estrene la película La Nana. Un filme nacional que promete mostrarnos esa relación amor-odio, tan chilena, que se da entre la señora de la casa y la señora del aseo.

Una empleada jamás va a ser una trabajadora cualquiera. Al compartir el mismo techo, aquí no vale eso de que la ropa sucia se lava en casa. Ella conoce nuestras miserias, nuestras mentiras, y hasta algún detalle de la fisonomía del patrón.

La única vez que con mi abuela hablamos del asunto, ella me explicó que elegir una empleada es un arte. Para empezar –me dijo– no puede ser demasiado joven, menos bonita. Eso de estar en “la flor de la edad” es un peligro ante la eventualidad de que el dueño de casa sufra el síndrome de El Señor de la Querencia. Pero no se debe caer en extremos. Contratar al Jorobado de Notre Dame hablaría pésimo de nuestra autoestima.

No estoy segura de qué habría pensado mi abuela sobre el boomde las nanas peruanas. Como ya dije, era una mujer con conciencia social y es probable que la hubiese sentado a la mesa (a comer causa limeña, ají de gallina y un largo etcétera) y contado algún secretillo. Eso sí, la habría manduqueado igual. Hasta el fatídico día en que la empleada recuerde su PODER con un certero y letal “te conozco mosco”.