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¿Podrí­a usted pagar los daños?

Carolina cuenta que cuando chocó en su auto y no escuchó los gritos neuróticos de la otra mujer, pensó que ella se sentí­a responsable, pero no era así­, ella era extranjera.

  • Revista Mujer

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Era una linda mañana despejada después de un día de lluvia, lo que, como siempre, produjo un efecto muy beneficioso en mi estado de ánimo. Ese día había ido a almorzar a la casa de mimamá y a la salida, un poco apurada por llegar al trabajo, me pasó lo peor: choqué. No fue nada grave, pero siempre he creído que los choques son llamados de atención, así es que me asusté. Me había estacionado a la entrada del edificio, en paralelo a la vereda. Supongo que nunca miré por el espejo retrovisor, porque justo al salir pasó un auto y se estrelló contra el extremo derecho de mi lindo auto nuevo –oh, sí–, que recién empiezo a pagar y que aún no tiene seguro. Quedé paralizada. Por un minuto ni siquiera atiné a abrir la puerta. En el otro vehículo, una señora, seguramente también medio paralizada, se tomó un tiempo antes de bajar y dirigirse hacia mí. Nos miramos sin decir nada.

Al no escuchar gritos neuróticos de su parte, como se acostumbra, tuve la fugaz fantasía de que ella se sentía responsable del choque. Pero nada de eso. Simplemente, era extranjera. Con acento francés y en muy buen castellano me explicó por qué era yo la culpable del accidente (algo que era más que evidente) y dijo que había que llamar a Carabineros. Entré al auto para buscar mi celular, pero en ese momento recordé el parte vencido con el que manejo desde hace un tiempo y justo entonces visualicé, por primera vez, la señal de “no estacionar” plantada frente a mí. “¿No cree que mejor lo solucionamos entre nosotros?” le dije como buena chilena. Me miró a los ojos, dudosa.

“No se preocupe, que yo le voy a pagar la reparación de su auto”, le dije, y a continuación tragué saliva y empecé a calcular cuánto podría costar el maldito arreglo. Entonces la señora confió en mí. Creo que sintió compasión. En adelante entablamos una relación telefónica muy cordial, hasta simpática. Ella accedió a todas mis peticiones (como cotizar en dos lugares diferentes) y a la hora del pago propuso que yo dejara los cheques en la recepción del departamento de mi mamá, el lugar del accidente, para que fuera más cómodo. Me salió caro, como es obvio. Y por unas semanas sentí que llevaba la nube negra de mala suerte sobre mí (años pagando el seguro para no usarlo nunca). Pero al menos no fue uno de esos episodios llenos de insultos, desconfianza y violencia a los que estamos tan acostumbrados. Un choque digno del Primer Mundo. Dialogar sin agredir es posible en las calles de Santiago.