Columnas

Gorda (3)

En este último capí­tulo de "En busca de mis kilos perdidos", Sonia cuenta cómo evolucionó su relación con la comida.

  • Revista Mujer

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Una amiga me preguntó el otro día: “¿Cómo va a terminar esta historia, gordis?”.

Todavía no sé qué contestar.

No fue fácil escribir sobre mi frustrada visita a un centro especializado en hacer perder kilos a fines de los años 90. Abandoné ese lugar sin firmar el contrato, pero la humillación que sentí durante la hora de evaluación no fue gratis.

Recapitulemos again. Apenas salí del centro rogué que se me acabaran para siempre las ganas de comer y quien me escuchó no fue el Señor, sino el mismísimo Coludo que por algo lo pintan con cachos y flacuchento.

Sí, fue don Sata quien atendió mis súplicas, porque me enamoré tan estúpidamente que se me acabaron hasta las ganas de comer pan amasado calentito con mantequilla, lo que es un pecado mortal. Sólo quería engullir erizos y, como los pobres pasan en veda, adelgacé y adelgacé y adelgacé tanto, pero tanto, que los mismos obreros de la construcción que antes admiraban mis curvas comenzaron a gritarme “¿Y este huesito tan rico de qué cementerio se arrancó?”.

Lo más satánico del asunto es que yo me juraba regia. Así fue, al menos, hasta que mi amorcito partió con indirectas. Como el día en que me regaló un libro –Antígona– ilustrado con un esqueleto vestido con túnica. Adentro venía una dedicatoria: “Cuando vi esta versión me acordé de ti”. Le sugerí que nos fuéramos a vivir a la playa, lejos del estrés capitalino. ¿De qué viviríamos? Instalaríamos un restaurante con vista al mar (¡qué idea tan absurda, considerando mi situación!). Su respuesta fue sarcasmo a la vena: “Claro y lo llamamos El Palote Anoréxico”. La relación se fue a pique. No quería almorzar ni tampoco vivir.

Un fin de semana partí a la playa sola con mi perro (Papayo era la excusa para no convertirme en una Alfonsina, ¿quién cuidaría del pobre salchicha?). Quería pensar, meditar. No me di ni cuenta cuando de nuevo el pan amasado calentito con mantequilla volvió a ser algo tentador para mí.

No mentiré. No me convertí en una sibarita. Hoy, por ejemplo, me acuerdo de que debo almorzar porque, a cierta hora, no siento hambre, sino fatiga. Y no falta la amiga que me dice “¡Qué envidia! ¡Cómo me gustaría olvidarme de comer!”.

Pues bien, a ellas les dedico esta trilogía titulada En Busca de Mis Kilos Perdidos. Este es el fin de la historia. No de mis rollos.