Hombres

…Marcelo Alonso

Es divertido, sumamente varonil y chapado a la antigua. Y no tan sólo en apariencia, sino también en la forma de pensar. Él aún cree que en las relaciones debe haber un hombre contenedor que dé el “vamos”. Eso, asegura, no es machismo.

  • Revista Mujer

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Parece que el actor Marcelo Alonso (40 años e inquietantes ojos de color miel verdoso) se mimetizó completamente con su malvado personaje de Los Exitosos Pells de TVN, porque, a ratos, este enorme hombre, al que parece quedarle chico el mundo, pone esa misma expresión de malulo –con arqueo de cejas incluido– que provoca que a una se le pongan los pelos de punta. Le sale divertido porque lo hace de manera bien exagerada, como si estuviera imitando al antagonista más perverso de una película.

Él, en verdad, es un tipo gracioso. Gracioso y relajado. Sin problemas, confiesa que cuando comenzó a estudiar teatro, una de sus mayores inquietudes eran los besos. No sabía si podría actuarlos “sin desvanecerse en el escenario”. Pero sorpresivamente el destino le puso un desafío aún mayor y para “su primera vez” de besuqueos sobre las tablas, tuvo que hacerlo con un hombre. “Fue en Hamlet. Y debo decir que estuvo bien inquietante, más aún considerando que lo di con toda mi pasión”.

–¡Qué atroz! ¿Hubieses preferido que te tocara una mujer? –le pregunto, porque lo veo tan macho, gigantón y peludo, que no puedo imaginármelo en eso. Sólo responde que el ósculo estuvo súper bien justificado y que eso no le significó ser menos varonil. Además, de pasaditame suelta que su segundo beso anduvo mucho mejor, porque lo actuó con la “Amparito” (su actual pareja Amparo Noguera), que hasta el día de hoy le revuelve el sueño. “Nos queremos harto”, dice y luego guarda un silencio tan definitivo que hasta me da cosa seguirlo atrincando con más preguntas.

En todo caso, eso no nos impide teorizar sobre las relaciones amorosas. En ese terreno, Alonso ha desarrollado peculiares máximas que lo delatan como un hombre chapado a la antigua. “A los varones se les debe entregar una cierta autoridad amatoria; que ellos decidan el ‘vamos’, o no. Y esto no significa machismo, sino determinación de roles. Que cada cual represente bien a su género. Como era antes, no como ahora que existe una ambigüedad total”, dice y me aclara que cada día le gustan menos estos tiempos modernos. “Me cargan los tipos de relaciones que se dan, la arquitectura, los autos, la moda, todo. A mí me habría encantado vivir, por ejemplo, en la década de los 60, una época revolucionaria, con muchos ideales”.

–¿Saliste soñador, eh?

–Sí, un poco. Para mí es muy difícil vivir sin encontrarle el verdadero sentido a las cosas. Me gusta detenerme en lo simple, ver crecer mis limones.

–¿Es una metáfora o de verdad te gusta la jardinería?– inquiero con cierta picardía y me responde que, efectivamente, es un fanático de sus plantas y que experimenta un extraño placer cuando las cuida. “Me fascina hacer ese tipo de cosas que la gente asegura que son inútiles”, remata y vuelve a poner esa peculiar expresión de malo con la que cierra nuestra cita.