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Hasta que me bajó el instinto

Tengo una reflexión que escuché por ahí y que le dije a mi papá hace muchos años: “cuando sea grande quiero ser como tú” para tener un hijo como yo”. Notable.

  • Revista Mujer

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Un par de semanas atrás, gracias a una pareja de amigos que hace poco son orgullosos padres de mellizos, con mi señora fuimos a hacer de niñeros por un rato. Dos guaguas exquisitas (un él y una ella) de un mes y medio de vida. Entre las 15:30 y las 17:30 horas estuve con “el Jose” durmiendo en mi pecho, tranquilito, rico el cabro. Mientras tanto, mi señora sostenía a la hermana del Jose en igual situación. Entonces me bajó todo el instinto y, tras un par de miradas cómplices, risas, levantadas de cejas y algo de nerviosismo miré a mi señora y le dije sin más: “Me gustaría ser guagua”. Bueno, no guagua 100% pero medio guagua sí, sobre todo en lo que al trato, cuidados y responsabilidades se refiere. Imagínense: conseguir cualquier cosa es muy fácil. ¿Tengo hambre? Para qué levantarme, ir a la cocina, abrir el refrigerador y cocinarme algo. Lloro y listo. ¿Ir al baño? Qué lata. Un, dos, tres… me mojé. Lloro y listo.

Si me quedo tranquilo y no jorobo nunca “soy la guagua más tranquila y exquisita delmundo”. Y si me muevo mucho y me mato de la risa soy “la guagua más despierta y exquisita del mundo”. ¡Sería increíble si me ven tomar todo el copete y me felicitan! Y después, lo bueno. Una mano suave y cariñosa golpearía mi espalda para sacarme los chanchitos del vodka-tónica. Si esto ya sería bueno, lo mejor estaría por venir: me celebrarían los flatitos y, mientras más grandes, más risas sacaría. Díganme que no sería tierno. Estoy que lloro. Y no de emoción, sino porque con tanto combinado –perdón, quise decir relleno– me hice.

En serio, si fuera guagua estaría todo el día acostado en una cuna que vibra y me relaja, sin preocuparme del dividendo, el alza de la bencina cada jueves, el próximo eliminado de Pelotón VIP o las elecciones de diciembre. No tendría que salir de mi casa, porque todo el mundo me iría a ver y si levantara un dedo, esbozara una mueca de sonrisa, me tirara uno o se me saliera otro, todos reirían (si hago lo mismo grande, la cosa no tiene gracia, ¡cómo nos cambia la vida!).

Si mi sueño se hiciera realidad, estaría todo el tiempo jugando, comiendo o durmiendo, mientras el resto del mundo gira en torno a mí (como el móvil que miraría todo el día). ¿Me despertaron muy temprano para la papa? No importa. Después del trago, bien enguatado, se viene la tonta siesta. Y, por último, volvería a ser lindo (originalmente y hasta como los seis años lo fui) y a escuchar palabras como “qué niño más bonito, mira qué nariz más chiquitita, qué guagua más tierna”, y a ser besuqueado y abrazado por muchas. Me convertiría en un mini Hugh Hefner: siempre en pijama y rodeado de mujeres. Un sueño.

Pero les advierto: Hoy, como hombre casado que soy, eso es impracticable. No me dejo besar ni abrazar por otras, así es que ni lo intenten.