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Mini de jeans nevada

Leo recuerda el tremendo negocio que hizo cuando descubrió dónde comprar mucho más baratas la prenda de moda.

  • Revista Mujer

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La única diferencia que existía entre una mini de jeans normal y una nevada era que esta última tenía innumerables manchas blancas, provocadas por un desteñido disparejo con cloro. Ese era el efecto “nevado” que un día comenzó a ponerse de última moda en mi colegio. Mis compañeras, literalmente, se uniformaron.

Los fines de semana, en las fiestas de cumpleaños, era cuando más se notaba esta moda: además de la mini nevada, todas las niñas de mi edad se ponían un sweater corto con hombreras (espantosamente avejentado) y botas blancas con flecos.

Todas pagaban lo que fuera por tener este look, menos yo, que había tenido un golpe de suerte al descubrir un pequeño e insignificante localillo en Patronato que vendía las mismas minis, pero a un tercio del precio normal. Cuando me di cuenta de que éste podía ser un buen negocio, se me ocurrió comercializarlas, eso sí, teniendo muy claro que la única forma de no perder el monopolio era tener en secreto la dirección del lugar.

Fue grito y plata, porque vendía a más del doble del costo pero mantenía un precio muy por debajo de lo que se vendía en el mercado. Fue la idea más brillante de mi vida. Prácticamente me convertí en la “reina de la mini” porque llegaba con mi mercancía a la sala de clases y todas mis compañeras se abalanzaban como moscas a la miel. Las incautas desconocían cuánto había pagado por ellas y creían que yo casi las estaba regalando.

El único inconveniente que tenía a veces era que no conseguía las prendas perfectas, es decir, con el nevado de moda. Entonces me veía obligada a darles un toque extra de cloro que me dejaba un olor terrible impregnado en las manos. Claro que ese aroma fue un detalle, considerando lo que vino después. Mi maldita proveedora logró adivinar en lo que andaba y la muy pilla se avispó. Se dio cuenta de que ella también podía comenzar a sacarle provecho a esta venta ilegal. Como era coreana, un día me dijo: “muy balato, muy balato… tú, más plata” y comenzó a cobrarme precios exorbitantes comparados con los del primer día. Seguía siendo barato, pero ya no como antes.

Al poco tiempo pasó lo que yo temía. La madre de una compañera empezó a aparecerse en las horas de almuerzo con una maleta llena de unas minis más baratas y más lindas que las mías. Al comienzo me quise morir y cada vez que la veía llegar, sentía que un extraño escalofrío me recorría toda la espina dorsal de la pura rabia que me daba la entrometida. Al poco tiempo entendí que así no iba a llegar a ningún lado y decidí lanzarme con la venta de los brazos de reina. A mi mamá le quedaban tan ricos que la pyme empezó a florecer. Mis compañeras no sólo eran adictas a la moda, sino que también una pirañas hambrientas.