Hombres

…Alberto Cardemil

Aunque no lo parece, el diputado Alberto Cardemil es bien coqueto. Sorprende con sus refranes, pero, a la vez, mueve sus ojos azules como si fueran luces centelleantes y suelta más de alguna curiosidad de la política.

  • Revista Mujer

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Al paso que va, creo que Alberto Cardemil va a terminar jubilándose en el Congreso. El diputado va en su cuarto período, ya casi cerrándolo, pero se está presentando nuevamente a la elección parlamentaria. Al menos yo no me había dado cuenta de que llevaba tanto tiempo (no se le ve muy seguido en televisión) y, por eso, quise salir con él. “Te diría que estoy un poco falto de cariño… Lo que pasa es que mi ego es muy sensible, y por estos días ando ultra necesitado de atención”, me confiesa.

–¿No me diga que anda diciéndole a la gente que “su voto es su sueldo”?– le replico. Pero el político estalla en risas y no sé por qué, si le estoy hablando en serio. De hecho, me pone una mirada entre coqueta y sensible, y no me queda más que mirarlo directo a los ojos. Los tiene bien azules y unas pestañas bien crespas. No puedo evitar acordarme del día en que apareció en televisión diciendo que el “NO” había ganado el plebiscito del año 88.

–¿Usted no se desgasta con tanta campaña política?– le lanzo de repente.

–Mira, en cada una de las elecciones los candidatos pierden la mitad de las neuronas. Las primeras se van cuando se cuelga el primer cartel– dice y me sorprende.

Con su voz sabionda comienza a explicarme que el origen de la palabra “candidato” se remonta a la antigua Roma. “Proviene del término cándido. Los llamaban así, porque los veían como seres ingenuos e impolutos. Incluso les ponían unas togas blancas para realzarlos”. No demoro mucho en responderle que el concepto sufrió una importante mutación y que ahora son todo lo contrario. Pero no hay respuesta; sólo un gesto de “y qué culpa tengo yo”.

Pero además de político, Cardemil es un hombre de campo. Y como buen huaso, empieza a recitarme refranes en medio de la conversación. “…Con arte y engaño se pasa la mitad del año (dice cantadito)… Y con engaño y arte se pasa la otra parte…”. Inmediatamente, le pongo cara de pregunta yme explica que es el proverbio más verdadero de los políticos. “Los refranes hablan mejor que uno, y, por eso saqué un libro con los más populares”. Ahí entiendo: quiere hacerle propaganda. “Mi libro salió re bueno. Hasta el mismísimo Cardenal Medina (su amigo personal) lo alabó. Lo halló de lo más simpático, a pesar de que venían unos dichos bien picarones y cochinos que hubiesen escandalizado hasta a las damiselas más curtidas”.

–¿Y no puede recitarme uno?– le ruego. Pero el diputado es tan caballero que se niega. Para tratar de convencerlo le ofrezco un trozo de chocolate, pero se vuelve a negar. “Es que me gusta verme bien arriba de mis equinos. No hay nada más feo que un jinete gordo, y yo ya tengo cuatro kilos de más”. Dice que es su secreto mejor guardado y le pido entonces que me revele los de la política. “No puedo”, me dice. Yo esperaré su próximo libro para ver si se logra animar.