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El papel calco

 

Leo recuerda lo molesta que se puso cuando su mejor amiga se fue a Estados Unidos y empezó a mandar cartas abiertas a varias amigas usando el papel calco.

 

  • Revista Mujer

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Cuando yo era chica, no existían computadores en las casas ni las máquinas fotocopiadoras eran tan masivas. En mi casa, sólo había papel calco y mimamá compraba en grandes cantidades, porque yo faltaba bien seguido al colegio y ella tenía que pasar a dejárselos a la miss para que le encargara a alguien la copia de mis tareas.

Yo también me ofrecía para copiarle la materia a las compañeras que se enfermaban y aunque mis cuadernos y mi letra no eran muy cotizados, igual me llegaba un par de encargos. Claro que no sabía manipular muy bien el papel de color morado. Siempre terminaba con los dedos y la ropa manchados con tinta.

La operación no era tan difícil: tenía que ponerlo entre dos hojas blancas, pero había que tener mucha motricidad fina para que el calco no se corriera y quedara la escoba. Pero, a veces, me ponía nerviosa, porque sentía que era una responsabilidad muy grande y con la camisa blanca manchada, despotricaba contra el mundo y contra la tinta.

Mi amiga Andrea, en cambio, siempre terminaba impoluta. Recuerdo que antes de los exámenes, ella solía pasar sus apuntes de Historia de Chile desde el cuaderno a la máquina de escribir y, comúnmente, lograba entregarme una copia perfecta cuando yo no alcanzaba a tomar apuntes. Era una excelente amiga. Tan cercana, que llegué a odiar a su papá cuando se la llevó de Chile, sólo porque había conseguido un buen trabajo en Estados Unidos. Eso sí, me prometió que en calidad de mi mejor amiga, no dejaría de cartearse conmigo.

Si bien en un principio cumplió a cabalidad su promesa; luego, comenzó a hacer algo que me ofendió terriblemente: empezó a mandarme unas copias ridículas de cartas que escribía para la masa. Se valía de su habilidad con el papel calco para hacer hasta cinco copias simultáneas. Se excusaba diciendo que se las enviaba a varias compañeras para “ampliar su grupo social”, pero la verdad es que, a mí, me parecía una falta de exclusividad increíble.

Eran tan impersonales, que partían con un “queridas amigas…”, y continuaban con puras nimiedades que me importaban un bledo. Como, por ejemplo, las compras que hacía su mamá en el supermercado, las orejas ultra gigantes del Ratón Mickey o las hamburguesas con queso que le daban en el casino de su colegio. Realmente, llegó a hartarme. Tanto, que un día decidí escribirle para exigirle más cariño de su parte.

Pero su respuesta fue aún más insólita: llegó al extremo de acusarme de “provinciana” por molestarme por algo que, según ella, todo el mundo hacía en Estados Unidos. Y aquello fue definitivamente la gota que rebasó el vaso.

Lo que hice fue mandarle una carta en la que le comunicaba que ya la había olvidado y que cuando volviera a Chile no me llamara, porque andaba demasiado “ocupada” con mi nueva mejor amiga. Y eso sí que la impactó. Al extremo de que llegó a llamarme por teléfono (en una época en que comunicarse con el extranjero era más difícil que conseguir un viaje a la Luna) para pedirme perdón.

Recuerdo haber recibido una carta más de su parte, pero luego me cambié de casa. No volví a saber de Andrea, pero asumo que en Estados Unidos ya le habían comprado un computador.