Hombres

…Felipe Izquierdo

Ha sido el contertulio más chistoso que me ha tocado. No se toma nada en serio. De hecho me agarró tanto para el fideo, que llegó un punto en que ya no supe qué más preguntarle.

  • Revista Mujer

Compartir vía email

fotos: Nicolás Abalo 

Felipe Izquierdo es el primer contertulio que llega a una cita, muy campante, con uno de sus hijos. Viene con el de 8 años, y yo lo miro raro. “Es mi invitado de piedra”, me dice y me lanza su clásica risilla irónica, con la que me es imposible no contagiarme. Pero el hijo tiene un helado en sus manos y no hace ni el amago de molestar. El conductor de radio Duna, me cuenta que por estos días está más dedicado a la radio y al teatro. Aquí me detengo; quiero saber más. Resulta que el (también) actor está presentando una obra en la que ironiza en torno al matrimonio. A propósito de estar sobre el escenario, le pregunto que por qué se alejo de la tele, y ahí comienza una escalada que no para. Me “agarra pa’l fideo” y me dice que fue “una mano negra la que lo sacó”.

-¡Cómo una mano negra!-, le digo entre risas y seria.

 

-Pero si es verdad… Mi máxima aspiración era conducir el noticiero de TVN, pero salí antes de tiempo. Creo que fue mi acento tipo sureño de Paillaco lo que me jugó en contra.

-¿Tú te refieres a que tu acento no era tan exitoso como el de Amaro (Gómez-Pablos)?

-Sí, es que yo no era tan internacional, ¿me entiendes? Yo no llevo más de 100 años practicando el acento español sin ser de España. Yo estallo en carcajadas. No me puedo tomar en serio lo que me dice este hombre. Cuando lo veo ponerse más serio, sale con que la televisión siempre fue altamente nociva para él. “¡Uf! ¡Hubieses visto lo que tenía que soportar! Lo peor de todo era cuando me gritaban ‘imbécil’. Eso era terrible porque me recordaba lo que realmente era…”.

<

-¿En serio te encuentras imbécil?-, lo inquiero dudosa. -Yo siempre pensé que te considerabas más bien como un intelectual del humor-, acoto. Pero él sólo asiente con la cabeza y me asegura que “ser imbécil” siempre ha sido su principal estigma.

Después de largos minutos concentrados en lo nuestro, el actor se acuerda de su hijo. Lo mira y le dice que se limpie la polera que tiene llena de helado y luego me cuenta que su verano fue completamente austero, que partió con toda su familia al campo. No sé por qué me habla de sus vacaciones, pero yo lo escucho: “…Estuvimos durante tres meses en un fundo y ahí nos dedicamos a revivir de lleno la crisis del ’29, cuando la gente no tenía ni tele ni plata ni helados. De hecho los niños sólo podían jugar con barro, pero igual lo pasaron bien, ¿cierto?”, le pregunta a su retoño subiéndole una ceja en señal de complicidad. Pero el niño sólo se encoge de hombros y sonríe.

No sé cómo llegamos al tema de Farkas. Supongo que porque estábamos hablando de crisis y verano. “Yo soy justamente el polo opuesto de él. A mí jamás se me ocurriría regalarle plata a la gente. Sufriría demasiado pensando que se me puede acabar. Además, mi mujer tampoco me lo permitiría: créeme que si me viera gastando plata que le podría servir a ella, me gritaría a más no poder”.

Sin previo aviso, el actor sale con que se tiene que ir, ante lo que mi cara de desilusión es evidente. “Prefiero hacerlo antes de que el niño me pida otro helado. ¿No ves que estamos en crisis?”, me explica con esa risita de la que hablaba hace un rato.