Moda

Adolfo Domí­nguez

Al teléfono desde sus oficinas en España, el primer diseñador de moda que se abrió con su marca a la bolsa de Madrid, habla sobre el valor de transar la propia creatividad para adaptarse a los consumidores, con mayor razón en estos tiempos de turbulencias económicas. “Hay que soñar los sueños de otros, no los propios”, dice. 

  • Revista Mujer

Compartir vía email

Fotos: Adolfo Domínguez

“Que se dediquen a vender. Ése es el mejor consejo que les puedo dar a los diseñadores que están recién comenzando. Si lo que quieren es ser artistas, entonces es mejor que se pongan a pintar. Porque la moda es una industria, no un arte. Tiene que ver con diseñar, claro, pero también con producir, comunicar y vender. Es imprescindible que te adaptes a lo que la gente quiere. Estás ahí para soñar los sueños de otros, no los propios”, dice Adolfo Domínguez, uno de los diseñadores de moda más importantes de España, al teléfono desde sus oficinas en Galicia. 

Sabe de lo que habla. A este diseñador que nació el 14 de mayo de 1950 en la provincia gallega de Ourense, no le fue fácil postergar su vocación creativa para hacerse cargo, a mediados de los años 70, de administrar la sastrería de su padre. Adolfo había estudiado cine en París y diseño en Londres. Además, amaba escribir: en 1993 publicó una novela llamada Juan Griego. Pero su decisión fue la correcta. Gracias a su buena gestión, hoy dirige un imperio de más de 400 tiendas, repartidas en 20 países de Asia, Europa y América Latina. Entre ellos está Chile: desde 2008, hay una boutique suya en Santiago, en la calle Alonso de Córdova. Las ventas de todos sus locales superan los 200 millones de euros anuales. Por eso, se dice que Adolfo Domínguez es el Giorgio Armani de España: un verdadero modelo de lo que significa ser modisto y empresario a la vez. 

Su éxito comenzó a urdirse cuando, sorprendido, se fijó en que sus primeras clientas le devolvían sus preciosos trajes de lino, alegando que se arrugaban. El diseñador había crecido observando como su abuela sembraba, recogía, hilaba y tejía este material, por lo que le parecía muy extraño que no se supiera que el lino se arrugaba y que ésa era parte de su gracia. Entonces, comenzó a escribir en las etiquetas de su ropa la frase “la arruga es bella”. Luego, usó esta expresión en una campaña publicitaria que se publicó en los diarios españoles y tuvo un impacto tremendo. El slogan es conocido como el más exitoso en la historia de la publicidad española.

Con la misma sagacidad, este diseñador fue uno de los primeros en adoptar el concepto de rotación rápida en las tiendas, aboliendo el viejo esquema de ofrecer dos colecciones al año, una para el otoño-invierno y otra para la primavera-verano. “En nuestras tiendas entran prendas nuevas constantemente, a veces, hasta dos veces por semana. Somos capaces de tener una tienda diferente cada mes. Eso de pensar dos colecciones anuales no tiene sentido, porque no sólo tenemos una temporada de frío y otra de calor; también hay una época de fiestas, un tiempo en el que lo que se necesita es comprar regalos, otro en que las consumidoras piden ropa cómoda para sus vacaciones… Es importante adaptarse a lo que tus clientas van necesitando comprar”.

-Con tanto cambio, ¿no se corre el riesgo de perder la identidad de marca?

Las colecciones cambian menos de lo que se piensa. Nosotros no queremos ir hacia la tendencia, sino imponer un estilo que opta por lo sencillo y llevable, pero que tiene alma. Cada diseñador emite un sonido propio, que se trasluce en todos sus proyectos.

En el caso de Domínguez, este sonido se parece a una suave composición para piano de Satie, más que a una ópera de Verdi. Su ropa tiene calma, no grita, pero no por eso es plana o aburrida. No es clásica ni vanguardista. No se ciñe a las tendencias, pero tampoco las ignora. No es ultra cara y no por eso masiva. Es, simplemente, Domínguez.

El diseñador gallego se la juega, antes que nada, por la moda para gente real –de hecho, no hace sus pruebas sobre modelos, sino sobre cuerpos con todo tipo de siluetas– que aspira a verse elegante en todo momento, sin asomos de ostentación, pero que también quiere vestirse con ese saborcillo especial que dan los detalles. Y por eso, sus clientes son personas que, en palabras del propio diseñador, “tienen cultura estética” y pertenecen, en su mayoría, al mundo de las profesiones liberales: arquitectura, periodismo (Letizia Ortíz es una de sus fanáticas), publicidad, diseño, docencia universitaria.

“Yo trabajo para hacer que la mujer se vea guapa”, explica. “Mi norte es lo bello. Observo las tendencias, pero si me parece que van en contra de la belleza, no las sigo. Mi objetivo es hacer que la mujer se vea linda, que tenga una cierta armonía y que se sienta cómoda. No todos los diseñadores toman esa opción. Moschino, por ejemplo, crea ropa para hacer reír a la gente; está lleno de humor y es genial en eso. Jean Paul Gaultier tampoco se rige por la belleza, sino que se acerca más al efectismo. No quiero con esto decir que su trabajo no merece elogios; simplemente, se mueven con otros códigos”.

-Muchas mujeres invierten bastante en moda y no logran verse bien. ¿Cuáles son sus pecados? Yo detesto a las mujeres que consumen moda que va en contra de ellas mismas. Porque, vamos, cualquier físico tiene límites. No puedes andar cambiando de silueta si la que viene no te favorece. La falda abullonada, que se recoge y hace un volumen en la parte de abajo, me parece feísima. Es un diseño tan mortífero que con ellas las mujeres parecen mosqueteros de Felipe II. Yo las tengo, no digo que no, pero jamás cortas. Otro error fatal es la mini: son muy pocas las que de verdad pueden lucirla. O decorarse como un árbol de Navidad. Creo que esto último pasa poco en Chile: cuando estuve allá, hace dos años, me pareció que es una cultura muy sobria.

-Su propuesta para este otoño incluye pantalones jodhpur, que muchas consideran poco sentadores. ¿Por qué? Es cierto, se trata de una de esas prendas que no le quedan bien a todas las mujeres. Pero es un hit de este otoño. Por eso, mi opción fue hacer un jodphur más equilibrado, más suelto, más armonioso. El mío tiene menos caja, por decirlo de alguna manera; el original es más largo de tiro. En el fondo, lo que hice fue mezclar el tradicional diseño de un jodphur o sarouel con un pantalón de montar, en poliéster con viscosa. Y se ha vendido muy bien.

-¿Qué otras prendas son básicas para actualizar el clóset esta temporada? El zapato abotinado de tacón ancho. Y también el blazer, aunque no es muy amigo mío. Prefiero los chalecos de punto. El cardigan es más dulce, más amoroso, y se adapta mejor a las curvas femeninas.

-El blazer viene mucho, junto con el look masculino. Es una tendencia que siempre vuelve. Y yo huyo de ella. No me gustan las mujeres que van vestidos como chicos. Pero no soy purista. Pienso que, a partir del blazer, puedes hacer una propuesta muy femenina. Actualmente prima el oversize, la ropa suelta y amplia. Eso es algo muy masculino, porque lo propio de las mujeres es lo ceñido. Pero puedes hacer algo muy de mujer con esos volúmenes.

Estrategias anti-crisis

Además de ser el primer diseñador español que usó su nombre para abrir una tienda en la capital española –cosa que ocurrió en 1981–, Adolfo Domínguez fue también la primera cadena de moda española que se abrió a la bolsa, a mediados de los años 80. Los precios de las acciones subieron como la espuma, especialmente a fines de los ochentas y comienzos de los noventas. Pero la empresa no ha sido ajena a la actual situación económica. En 2007, sus acciones se transaban sobre los cincuenta euros. Dos años más tarde, su precio bordea los 19 euros. Hace dos años, la compañía crecía anualmente un 20%, mientras que en 2007 lo hizo en sólo un 5%.

-Tiene razones para estar preocupado, como lo está gran parte de la industria de la moda. -La situación económica está muy complicada. Hemos visto bajones como no se conocían en el mundo desde los años 20. ¡Hombre, es como si estuviésemos navegando por el Cabo de Hornos! El mundo consumió el dinero que tenía que para los próximos años y, por eso, la gente ha encogido su consumo. No hay industrias que aguanten un 50% menos de facturación, como le ha pasado a algunas empresas automotrices. Pero nosotros no estamos tan mal. Podemos aguantar. Para una industria como la nuestra, es posible salir adelante.

-¿Qué piensa hacer para mejorar sus balances? Tenemos que hacer lo mejor, más barato y más competitivo. No se trata sólo de reducir márgenes para vender más, sino de cambiar un poco tu oferta. Los consumidores siguen cansándose de lo que tienen y quieren productos nuevos; ese hastío es el motor de la industria de la moda. Y lo que ha sucedido ahora, por ejemplo, es que el bolso textil se ha convertido en todo un fenómeno. Las mujeres están hartas de la cartera de cuero supercarísima, y eso ha estimulado el regreso de la tela, que –esto es lo interesante– es justamente donde se anida el origen de este accesorio en la historia de la moda.

Además de adaptarse a las nuevas demandas de las consumidoras (cosa que hizo, por ejemplo, cuando en febrero de este año lanzó una línea de vestidos de novia de precio medio), a Domínguez le preocupa que ellas sientan que reciben más de lo que pagan. Y el mejor camino para lograrlo, dice, es a través de Internet. El diseñador asegura que a través de la red puede bajar muchísimo los precios, porque no se paga personal, puntos de venta, costos de distribución, hasta alcanzar precios competitivos incluso en comparación con los supermercados y grandes cadenas como Zara o H&M. Su plan es comenzar a vender los básicos, esas prendas que no hay que probar, a través de este medio. Va empezar en España, para después abrirse al mundo.

Mientras tanto, el gallego sigue empeñado en el crecimiento de su línea ecológica, porque el calentamiento global es un tema que le apasiona. Para él, no se trata de un problema futuro, sino presente. Muy presente. “Llevo muchos años interesado en esto. Pretendo convencer a mis clientes de que usar cuero sintético no es sólo un asunto de precio. Entiendo eso de matar animales para comer, pero no sólo para usar su piel. Y me gusta que se sepa la verdad de la industria ecológica. A veces, lo sintético puede ser más ecológico que lo que se vende como “natural”. La producción de un lino común, por ejemplo, atenta mucho menos contra el medio ambiente que la de un algodón orgánico. Hace tres siglos éramos pocos y no pasaba nada, pero hoy somos demasiadas personas y tenemos que cuidar el mundo. Nos está pidiendo un comportamiento menos agresivo. Tenemos que consumir menos y de otra manera”.